Trotski, la cruz de la moneda soviética


La controversia aún se mantiene. Durante décadas los comunistas de todo el mundo debieron convertir a Trotski en un demonio, en el hombre que no tenía la razón. Su determinada oposición al ascenso de Stalin para dirigir los destinos del Partido Comunista de la Unión Soviética, al que veía como un jerarca continuador del antiguo régimen, un zar disfrazado de bolchevique, le obligó a exiliarse acabando en México, donde un supuesto agente soviético español, Ramón Mercader, tras ganarse la confianza de su entorno más íntimo (su esposa y su secretaria personal) le asesinó a traición de un fuerte golpe en la nuca. Stalin logró por un tiempo que no le involucrasen en ese asesinato, la historia parece ahora desmentirle.

León Trotski contra Stalin

Cuando se estaba perfilando cómo se debía administrar la herencia política e ideológica de Lenin, en definitiva su sucesión, Trotski gozaba de prestigio como gran orador e intelectual, pero había sido relegado de la estructura del partido por un más pragmático Stalin, no tan buen ideólogo aunque gran organizador. De hecho, su control de la burocracia del partido, los apparatchiks, fue lo que le permitió alcanzar el poder absoluto en 1929, cuando obliga al exilio forzoso a su principal opositor, Trotski.

Stalin comenzaría una “divinización” de Lenin al morir el gran líder en 1924, en plena estructuración aún de lo que debía ser el estado soviético, convirtiendo su ideología en una religión secular en la práctica. Por ejemplo, la ciudad zarista por excelencia, San Petersburgo, pasó a llamarse “ciudad de Lenin”, Leningrado. Trotski contemplaba con estupor cómo la revolución bolchevique se iba alejando de sus principios, pero su arrogancia de intelectual y su egocentrismo no le ayudó a cosechar los apoyos necesarios entre las masas populares o los miembros más modestos del partido.

Trotskistas; Andreu Nin

La oposición trotskista contra Stalin tendría repercusiones en todos los partidos comunistas o de raíces marxistas-leninistas en la Europa de los años veinte y treinta. Un ejemplo de ello lo encontramos en España con la polémica muerte del militante y secretario general del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista), Andreu Nin. El que fuese primero militante anarquista de la CNT, demuestra con su trayectoria política, perteneciendo a la Oposición de Izquierda Internacional (bloque trotskista opositor a Stalin), y fundando más tarde el POUM, que el debate ideológico y existencial dentro del comunismo mundial estaba en vigor.

En 1934, Andreu Nin participa en las huelgas de octubre en Cataluña y, como toda la izquierda, su grupo de orientación trotskista, la Izquierda Comunista de España, se indigna por la brutal represión de las revueltas obreras en Asturias. Nin fue crítico con la forma de llevar las protestas y es cuando funda el POUM, un partido que rompe ya con los trotskistas partidarios de hacer la revolución bolchevique a cualquier precio, incluso usando la violencia.

Al estallar la Guerra Civil española llega a pensar, incluso, la integración de su partido en el socialismo europeo, con la fusión del POUM con el PSOE (Partido Socialista Obrero Español). Por eso es tan polémica y confusa su muerte. Acabó en manos de los agentes estalinistas que operaban a sus anchas entre los comisarios políticos del Partido Comunista de España. Se le consideraba aún pieza clave de las opciones trotskistas, sobre todo por aparecer en unos supuestos documentos de los “sucesos de mayo” de 1937 en Cataluña (revueltas de partidarios de hacer primero la Revolución y luego ocuparse de la guerra) incautados por la policía secreta soviética.

El final de Trotski

Como preludio de lo que le ocurriría a su mentor ideológico, Andreu Nin fue eliminado de la escena política del comunismo internacional. Torturado por la NKVD (la Gestapo soviética) en su base de Alcalá de Henares en junio de 1937, negó siempre la implicación del POUM en los “sucesos de mayo” y mucho más la falsa acusación de tener contactos con el “gobierno de Burgos” (el ejecutivo provisional de Franco). Sin embargo, su pasado trotskista le condenó; separado del resto de prisioneros y desaparecido desde julio, según las versiones más consensuadas sería fusilado por los agentes de Stalin, sin la oposición del gobierno de la República.

Al igual que hizo con numerosas fotografías, oficiales o históricas del periodo revolucionario y de los años de gobierno de Lenin, donde aparecía la figura de Trotski, trucándolas y borrando a su opositor, para que ni su imagen pudiera influir en el comunismo, haría, según las evidencias, con el mismo León Trotski.

Sufrió desde que estaba exiliado diversos atentados de agentes pro estalinistas, pero quien conseguiría “borrarle” definitivamente sería el miembro del PSUC (Partido Socialista Unificado de Cataluña, de línea pro soviética), Ramón Mercader en agosto de 1940. Mercader era un catalán que sirvió en la “Secreta” soviética durante y tras la Guerra Civil española, exiliado en la URSS desde 1939.

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