Damnatio Memoriae

Borrando toda huella de Hatshepsut

En la historia, pese a aseveraciones cargadas de autoridad, el vencedor no sólo vence; también convence. Utiliza sus armas para la derrota física del oponente y su posterior humillación. No existe victoria plena si no se imprime al vencido un pleno sentimiento de derrota. Y la derrota de unos y la victoria de otros son hechos que trascienden la mera cuestión temporal y se han de convertir en asunto eterno que las generaciones futuras deben glosar entre alabanzas y loas al ganador. En toda la historia humana documentada, en cualquier civilización que conserve sus propios registros sobre su andadura vital, ha existido toda una estructura intelectual y cultural que sustenta ideológicamente el poder, aún a costa de la manipulación más burda, violenta y soez de la propia verdad histórica.

Nos hemos referido como término absoluto a la verdad histórica. Sin embargo, ni la verdad es histórica ni la historia es verídica. En cualquier caso, existen unos hechos, necesariamente históricos, sujetos a las más variadas formas de manipulación.

Es costumbre arraigada en el espíritu humano la condena infringida a enemigos consistente en el llamado “damnatio memoriae”. Básicamente, este latinajo hace referencia a la insistencia en borrar la huella de cualquiera que se haya posicionado como oponente de nuestras intenciones. Así, cuando un determinado personaje arrebataba el poder a otro, aquel solía incluir entre sus prácticas políticas el exterminio de cualquier referencia a su adversario. En el antiguo Egipto, sin entrar a considerar su componente de género, un ejemplo paradigmático fue el constituido por el reinado de Hatshepsut, mujer de gran entendimiento que dirigió los destinos del país del Nilo desde aproximadamente 1490 al 1468 a.C. Tras su solitario final, su sucesor Tutmosis III decidió borrar cualquier rastro de la reina haciendo desaparecer su nombre, condenándola al ostracismo más cruel de la historia: al olvido.

Algo similar ocurrió en China. A mediados del siglo III a.C., el gran país asiático es unificado por la figura carismática y paranoica de Qinshi Huangdi, el primer gran emperador chino y artífice de una unión que se mantendría hasta la actualidad. En su haber tenemos que considerar extraordinarias proezas como la construcción de la Gran Muralla que debía proteger al país de los bárbaros o su propia tumba vigilada por el imponente ejército de barro de los guerreros de Xian. Estos vestigios nos informan de ciertas actitudes megalómanas que escondían una personalidad confusa y compleja, obsesionada con la muerte, que no dudaba en buscar a toda costa un elixir de la inmortalidad que, evidentemente, nunca llegó

Ejército "inmortal" del primer emperador de la China

Uno de los hechos más conocidos de su reinado ha sido conocido como la Quema de Libros y la Sepultura de Intelectuales. Con el fin de lograr la legitimación de su poder, el emperador bajo el influjo de ciertos consejeros ordenó la quema de cualquier libro que pudiese ser empleado para tambalear las bases ideológicas de su poder. De la misma manera, no dudó en masacrar a miles de intelectuales y pensadores, considerando que su labor podía convertirse en un poderoso enemigo que hiciese tambalear los cimientos de su reciente poder.

La quema de libros y la condena del olvido se han convertido en una herramienta inquisitorial, en su concepción amplia del término, muy válida y extendida como forma de sustentar poderes tiránicos y excluyentes. Desde las más antiguas civilizaciones hasta la reciente actualidad, la damnatio memoria se convierte en un arma de profundo calado y honda significación, símbolo de la extrema crueldad de una especie empeñada en masacrar al otro incluso en el más allá.

Luis Pérez Armiño ©

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