El primer crimen, el primer conflicto

Cráneo encontrado en Shanidar


Existe un primer asesinato con certificado de garantía científica. Aquel pobre hombre que se apresuró por los congelados pasos alpinos huyendo de un peligro desconcertante del que, sin embargo, no pudo escapar. En su apresurada fuga fue alcanzado por una flecha que finalmente le causaría la muerte. Con este asesinato en un medio de climatología tan adversa, en las heladas montañas que separan Austria e Italia, nacía el mito del hombre de Oetzi: un individuo asesinado hace unos cinco mil años y cuyos restos momificados aparecieron en 1991. Sin embargo, releyendo algunas publicaciones con referencias a momentos cronológicos más antiguos pude caer en la cuenta de la existencia de la violencia y el conflicto en periodos anteriores que acababan con el mito de felices Arcadias idílicas de convivencia pacífica y buen entendimiento para recordarme que, hasta en sus más extremos orígenes, el humano es precisamente eso, humano.

Shanidar es una agreste cueva situada en el actual Irak, en la conflictiva región del Kurdistán, al norte del país. Las primeras investigaciones arqueológicas de la cavidad comenzaron en los años cincuenta del pasado siglo, cuando se iniciaron las excavaciones a cargo del profesor de la Universidad de Columbia, Ralph Solecki. El yacimiento reveló todo su potencial arqueológico, incluyendo la exhumación de los restos fósiles de nueve neandertales que revelarían datos fundamentales para desentrañar interesantes datos sobre la vida de estas poblaciones durante el Paleolítico medio y en los momentos iniciales de contacto con las poblaciones anatómicamente modernas que iniciaban su andadura más allá de sus orígenes africanos.

Las investigaciones en Shanidar ofrecían datos de enorme trascendencia: como el caso de aquel ser deforme y desafortunado, lleno de taras y problemas físicos a pesar de los cuales alcanzó una avanzada edad protegido por otros miembros de su grupo; o los restos que podrían referirnos a una supuesta ofrenda floral a los muertos que, sin embargo, la ciencia hoy desmitifica y atribuye al azar; o el curioso caso de un individuo, el tercero del yacimiento y conocido, obviamente, como Shanidar 3, con una extraña herida en su costado…

Esta herida fue objeto de ardua discusión durante muchos años y sirvió para conjeturar dos posibles causas: fue producida por un momento de violencia intergrupal o fue provocada por algún tipo de accidente, por ejemplo, en una peligrosa partida de caza. Sin embargo, hace relativamente poco tiempo, la revista Journal of Human Evolution daba a conocer los trabajos del profesor de la Universidad de Duke (EE.UU.), Steven Churchill, quien ha supuesto tras una serie de investigaciones y experimentaciones que la herida de este individuo sería producida por un tipo de proyectil asociado a poblaciones humanas modernas, arrojado desde una cierta distancia, y cuya tecnología no se ha probado entre los neandertales. Por lo tanto, se supone que Shanidar 3 fue alcanzado por un proyectil lanzado por un sapiens. El desenlace del fatal encuentro llegaría pocas semanas después con la muerte del neandertal debido a las complicaciones infecciosas de la herida que habría afectado al pulmón.






Las primeras reacciones a las noticias fueron las lógicas de todos aquellos catastrofistas que abogan por un exterminio neandertal a manos de los desalmados nuevos vecinos; sin embargo, el propio Churchill ha insistido que no se ha demostrado más que un caso particular y que es imposible generalizar estos resultados para recrear un cruel y horroroso genocidio en el que bandas de humanos modernos sedientos de sangre se dedicarían a dar caza y aniquilar a todos los neandertales que se cruzasen en su camino.

Sea cuál sea la causa última de esta herida, lo cierto es que no es más que la constatación arqueológica de las evidencias más antiguas de violencia asociada al género Homo ocurridas hace entre cincuenta y setenta mil años. Desde ese momento y hasta la actualidad, la violencia, el conflicto, son historias más que conocidas.

Luis Pérez Armiño ©


Comentarios