Banderas españolas y catalanas: orgullo y prejuicio


Diseño ganador, elegido por Carlos III como enseña para la Marina española (Grabado Museo Naval)

Supongo que no soy el único que se ha percatado de un detalle. La similitud de colores entre la bandera oficial del Estado español y todas las banderas catalanas, independentistas y oficiales, que se agitan estos días con frecuencia. El rojo y amarillo, o gualda, pero en esa escala cromática, en franjas horizontales, más anchas en el caso español, es la combinación de color que compone una bandera y otra. Detalle de simbolismo histórico que tal y como están las cosas a nadie parece importar. En este afán de enemistarse y romper lazos, de distinguirse y enfrentarse al otro, las banderas que en el fondo representan un mismo valor identitario comienzan a ser usadas con muy malas intenciones.

El origen de la bandera española es más prosaico que el de la senyera catalana (y su deriva independentista, la Estelada), con un componente legendario medieval en la rememoración que compuso la enseña de los catalanes. Se trata de la leyenda de Wifredo el Velloso y los cuatro dedos del emperador Carlos el Calvo (Carolingio, finales siglo IX) ensangrentados en la herida del conde, con los que trazó las cuatro barras rojas sobre el escudo dorado que había utilizado su aliado en la batalla. Nacía el escudo de armas del Condado de Barcelona y luego bandera del reino de Aragón. En el caso de España, decíamos, la elección de bandera fue más práctica y funcional que otra cosa.

Alegoría de la leyenda de Wifredo el Velloso, por Claudi Lorenzale (1843-1844) 

Ni siquiera desde el reinado de los Reyes Católicos existió una bandera común para todos los reinos peninsulares. Con los Austrias se emplearía más, tanto en los océanos como por tierra, la bandera blanca con el aspa de la Cruz de Borgoña (Felipe II cambió el fondo a amarillo). Con el cambio de dinastía en el siglo XVIII, el estandarte de los Borbones era un paño blanco con el escudo Real. Los barcos españoles eran difíciles de diferenciar en alta mar porque las enseñas europeas eran muy similares, todas con fondo blanco. Para colmo, la dinastía Borbón reinaba en otros lugares como Nápoles y Sicilia, teniendo la misma bandera que el pabellón de la Marina española.

Los doce diseños finalistas (Grabado Museo Naval)

Así que Carlos III, en la época academicista de la Ilustración, en el afán modernizador del país, consideró necesario tener una bandera en la Armada que evitase los malentendidos que llegaban muchas veces a hechos de armas entre barcos amigos. Pidió a su ministro de la Marina, Antonio Valdés y Fernández Bazán, que organizase un concurso público. El ministro eligió los doce mejores bocetos para que el rey tomase entre ellos la decisión final. Escogió dos, ensanchando las bandas, siendo la de la Marina de Guerra la enseña que acabaría siendo la base de la actual bandera nacional española. Era el año 1785

Del concurso público se desconocen los autores de los diseños. Del diseño ganador se sospecha que pudiera ser obra del mismo Valdés y Fernández Bazá. Marino experimentado, conocía enseñas de la marina mercante aragonesa-catalana donde aún se empleaba la bandera de las cuatro bandas rojas sobre fondo amarillo. Como la condición primordial que puso el monarca es que la nueva enseña tuviese vivos colores, el amarillo y el rojo eran, desde luego, colores llamativos y vistos a larga distancia en la mar. No es improbable que fuese la bandera catalana la que inspirase la mayoría de los bocetos presentados (como se aprecia en el grabado del Museo Naval). También el rojo y el amarillo predominaban en pendones y escudos de otros reinos. El carmesí castellano con castillo dorado, por ejemplo.

Así pues, las banderas construidas con símbolos históricos comunes, que servían en otros tiempos para distinguir a los “amigos de los enemigos”, ahora se faltan el respeto y se “insultan” convencidas de que no tienen nada que ver una con la otra. Qué lástima.




Gustavo Adolfo Ordoño ©

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