El Patrimonio Histórico como bandera y el caso actual del monasterio de Sijena

 
Las piezas más valiosas de Sijena. Fuente imagen fotograma El PAÍS (ATLAS)

Un cónsul español en Egipto se lamentaba de forma amarga por haber sido España considerada una potencia segundona en el reparto de valiosas piezas encontradas en unas escondidas tumbas de sacerdotes de Amón. Era el año 1895 y las potencias que dominaban la geopolítica en el Mediterráneo seguían controlando el rico patrimonio cultural que era descubierto con el boom de la arqueología; disciplina iniciada a mediados del siglo XVIII y consolidada durante el XIX. Napoleón Bonaparte conquistó Egipto para la República y la ‘Piedra Roseta’ encontrada en su expedición además de alumbrar a la egiptología, descifrando murales que hablaban de faraones, fue prefacio del inicio de un “Nuevo Imperio”: el napoleónico.

Así, lo mejor de Egipto, de Grecia o de Siria estaba en los museos nacionales de París, luego Londres y pronto de Berlín. Una Alemania recién unificada quería tutear a las potencias europeas que hasta ahora dibujaban el mapa europeo. Madrid debía conformarse con las migajas. Recordemos, durante el XIX fue perdiendo un imperio y aún no encontraba hueco ni en la mesa europea donde se repartía África. La ecuación era sencilla, cuanto más potencial militar y diplomático se tenía, más prestigio se ostentaba, y conseguir para la gloria de los museos arqueológicos nacionales los mejores bienes de patrimonio histórico se convirtió en algo similar a una ‘guerra fría’.

Franceses y británicos jugaron al expolio histórico-artístico, incluido el que se hacían entre ellos al perder o ganar una batalla. Un ejemplo doloroso para España fue el expolio sangrante de las tropas napoleónicas durante la Guerra de Independencia (1808-1814). Patrimonio español acabó en mansiones de generales franceses o, directamente y con descaro, fondos artísticos españoles fueron entregados al Louvre. Era un poco como volver a la Antigüedad, cuando los ejércitos vencedores de una ciudad griega llevaban los “tesoros” arrebatados al enemigo como ofrendas a sus templos. Esa intención de acopio del patrimonio cultural era también un acto de reafirmar el poder y, sin duda, de ejercer superioridad frente al otro.

Máscara de Tutankamón (1925)

Este uso del patrimonio histórico como garante de superioridad (mostrada poseyendo más conocimientos en los museos), prestigio (las piezas más valiosas) e identidad (valor social e identitario de un colectivo), se daba a niveles internacionales en ese siglo XIX, que en su mitad es cuando se le otorgó al patrimonio un carácter nacionalista, a la par de las corrientes de nacionalismos que recorrieron el mundo entero. Más adelante, un siglo después, a partir de 1945, cuando los museos fueron adquiriendo sus principales rasgos modernos de ser instituciones didácticas, sociales y públicas, salieron a la luz inconvenientes no previstos. 

Real Monasterio de Santa María de Sijena

Se trasladó al plano local la disputa por el prestigio y la identidad del patrimonio histórico conservado en los museos. Cada museo provincial o regional pujaba por recuperar lo que consideraba de mayor valor y representaba mejor su identidad. El conflicto reciente del monasterio de Santa María de Sijena es un buen ejemplo, aunque se ha visto muy influenciado y tergiversado por la “cuestión secesionista” catalana. El patrimonio histórico-artístico de este monasterio era inmenso, de haberse conservado en su totalidad sería la mejor muestra de arte europeo de los siglos XII al XVIII, sin exagerar.

Fue panteón real de Pedro II, uno de los primeros reyes de la Corona aragonesa, y sede del archivo del reino; es decir, la identidad aragonesa de ese patrimonio no tiene cuestionamiento. Aunque, como también es cierto, Cataluña era el principado (antes condados) con más “valor” del reino y que el Museo Nacional de Arte de Cataluña  (MNAC) y el Museo de Lleida tuvieran piezas de Sijena podría no parecer tan extraño. Sin embargo, la letra pequeña del conflicto habla más de abusos de poder del fuerte sobre el débil y de aprovechamiento de circunstancias trágicas, como la Guerra Civil o el empobrecimiento de las monjas que lo habitaban, para hacerse con casi la totalidad del patrimonio histórico que pertenecía a este monasterio, dejarlo desnudo, y enriquecer las salas del museo leridano desde la década de 1990; salas antes con piezas de menor interés, propias de un museo provincial.
Parte del Friso del Partenón que permanece en el Museo Británico

En 1985 se aprobó la Ley de Patrimonio Histórico Español y la actuación de la Generalitat fue unilateral e ilegal (¿les suena de algo?), comprando entre 1992 y 1994 (hubo una primera venta en 1983) de forma casi clandestina y saltándose toda esa normativa, los fondos del monasterio que unas empobrecidas monjas de la Orden de San Juan de Jerusalén habían depositado cándidamente en los almacenes del MNAC, cuando cerraron el monasterio y emigraron a Barcelona. Ahora por requerimiento de un juez, el gobierno español (que tiene las competencias autonómicas de Cataluña en aplicación del Art. 155) ha ordenado la devolución de ese patrimonio histórico a su origen.

Que los griegos consigan la devolución total de las esculturas del friso del Partenón depositadas en el Museo Británico parece más complicado y lo dejamos para otra historia...



Gustavo Adolfo Ordoño ©

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