Las hijas del ruso (1ª Parte). Antropología social desde la toalla de la playa


Durante más de una semana he estado compartiendo arena, sol y Mediterráneo con una familia rusa. Una familia de “nuevos ricos”. Desde Tarragona a Castellón, las playas que he visitado, he podido observar cómo la población eslava en abundancia forma parte del paisaje ibérico de esa zona del noreste peninsular. En el caso del sur de Cataluña podrían proclamar la anexión, tal como han realizado con Crimea. Controlan las promociones inmobiliarias y el comercio mayorista-minorista en algunos sectores, como el de complementos, zapatos y perfumerías. También son de los turistas más vistosos. Era el caso de mi objeto de observación en estos últimos días de mis vacaciones de verano.

Cuatro hermosos ejemplares eslavos posaron sus pieles caucásicas a tiro de mi aficionada agudeza de antropólogo social. El grupo lo componían un padre y una madre con sus dos hijas. La pareja rondaría los cincuenta años pero lucían unos cuerpos juveniles y atléticos; él parecía un ex agente de la KGB, fornido, no muy alto, pero de espaldas tan anchas que parecía medir dos metros; ella mantenía el cuerpo que tuvo a los veinte años, pues presumía del mismo estilizado tipo que sus hijas, a no ser por tener las caderas más anchas, única huella de los dos partos. Y ellas… ¡ellas! Las hijas del ruso servían para inspirar a nuevos Nabokov en la descripción de Lolita. Bellas y jóvenes hasta saltarse la Convención de Ginebra ellas solitas en hacer prisioneros con sus sonrisas y miradas.


En fin, que el ex de la KGB, su señora e hijas, plantaban sus toallas a escasos metros de mi sombrilla, tumbona, esterillas, bolsas y toallas (infraestructura playera made in Spain), pudiendo observar su rutina. La equipación playera era austera, unas meras toallas, como he comentado; sin embargo, las hijas contaban con las últimas novedades tecnológicas en tablet y smartphone. Cremas bronceadoras, baños de sol y de mar. Las jóvenes (rondarían los veinte años) veían películas en sus aparatos móviles, lo que demuestra que contaban con buena –cara- conexión de datos (Internet). El ruso controlaba esa pequeña tribu de forma rígida. A su mujer la regía a base de miradas, a las “niñas” les daba alguna orden escueta, que me parecían las palabras en clave de un espía.

No les permitía hacer top-less y siempre en diminutos bikinis las chicas se afanaban por recortar doblando las telas de los bañadores, dejando entrever de forma tan sugerente sus encantos que hubiese sido mejor que el padre no fuese tan “ortodoxo” (valga la redundancia) y les dejase mostrar sus pechos al sol mediterráneo. Aún con ese cínico puritanismo, las chicas (y sus padres) consiguieron un bronceado perfecto y dorado en menos de tres días; algo que a mi familia y a mí nos costó una semana estando en las mismas coordenadas geográficas. Pero la envidia no era sólo por eso (y por los cuerpazos); el resquemor sociológico comenzó a picarme por una serie de reflexiones que esa abundancia de rusos (y otros eslavos) me inspiraron.


Estas reflexiones continuarán en próxima entrada

Comentarios

  1. Genial. Se ve que el sol mediterráneo te broncea también las neuronas y hace que estés inspirado. Ojalá te lea mientras desayuna Juan José Millás.

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  2. Gracias, Luis. Ahora estoy en la Castilla profunda y debe ser que a los mesetarios no nos permiten tener conexiones buenas para editar, pero prometo continuar la crónica veraniega en breve...un abrazo!

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