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lunes, 12 de noviembre de 2018

Muerte del sargento Gunther en el último minuto de la Gran Guerra, hace cien años

Placa homenaje al sargento Henry N. Gunther, considerado último muerto de la Gran Guerra

Cien años del fin de la Gran Guerra y sus consecuencias no están del todo cicatrizadas. Lo hemos podido ver en la reunión que ayer conmemoraba en París el centenario de la firma de la paz, con más de 70 jefes de Estado de todo el mundo, donde los líderes más destacados manifestaron sus antagónicos modos de ver la historia y la política actual. Un armisticio que tuvo algo de cabalístico al elegir el día 11 del mes once (noviembre) a las once de la mañana. Me viene al recuerdo otros 11 en la historia de la humanidad que parecen invocados por el maligno. Aunque pensarán qué tiene de malo finalizar una guerra tan “apocalíptica”. Pues en principio nada, lo que ocurre es que el fin de esa gran contienda mundial abrió una especie de ‘caja de Pandora’ de los horrores que muchas veces no fueron previstos y no son bien analizados.

Por ejemplo, se ha dado por sentado que las humillantes condiciones impuestas a los vencidos en el Tratado de Versalles que rubricaba la paz, sentaron las bases de los nacientes fascismos en el periodo de entreguerras. Fascismos que causaron la II Guerra Mundial, otra de las argumentaciones más conocidas. Sin embargo, Italia y Rumanía estaban en el bloque vencedor de los aliados en 1918 y fueron la cuna de los fascismos más “puros” que se dieron en Europa. Además, el argumento de que ciertos nacionalismos se radicalizaron hacia el fenómeno nuevo del fascismo porque no recibieron los “botines de tierra” esperados es inexacto, ya que Rumanía e Italia recibieron en el reparto de tierras tras el fin de la Gran Guerra muchas más regiones de las que se “merecían”. Es decir, que los injustos acuerdos de paz de 1918 y 1919 no son los causantes esenciales del surgimiento del fascismo; hay que reflexionar más sobre ello.

En los últimos años, desde 2014 que se cumplió el centenario del inicio de la Primera Guerra Mundial, se ha venido reflexionando desde perspectivas socioeconómicas hasta psicológicas acerca de esta gran contienda que marcaría la mentalidad de varias generaciones y, sobre todo, de la generación de los líderes que luego estarían al frente de sus países en la “consecuencia derivada” de la Segunda Guerra Mundial. El presidente Truman, por ejemplo, participó en la Gran Guerra como oficial de una compañía de artillería. En sus memorias confesó que estuvo disparando sus cañones hasta las 10:50 horas del 11 de noviembre de 1918. En ese momento no percibió el absurdo de su acto, pero años después, en el fondo, tampoco. “Disparé hasta ese minuto según las órdenes”; escribió con toda franqueza. Recordemos que fue el dirigente de EEUU que tomó la decisión de usar la bomba atómica contra Japón.  

Exultante celebración del fin de la Primera Guerra Mundial

La muerte del sargento Gunther en el último minuto de la Gran Guerra, está considera la última baja oficial del conflicto


El sargento Henry N. Gunther está considerado el último soldado en morir en la Primera Guerra Mundial. Era de Baltimore, EEUU, y tenía 23 años. Murió al lanzarse en una absurda carga a bayoneta en la ofensiva de Mosa-Argonne contra un nido de ametralladoras alemán a las 10:59 de ese histórico 11 de noviembre de 1918. Lo hizo a pesar de la sensación palpable de que la guerra estaba acabada, por los informes que iban llegando a los oficiales de que a las cinco de la madrugada se había firmado el armisticio entre aliados y alemanes en un tren parado en el bosque de Compiègne, al norte de Francia, con la orden general de cesar el fuego a las 11:00 AM. El dato podría pasar por una anécdota cruel que reafirma lo absurdo de esa contienda. Aunque, además, sirve como argumento de peso para tratar las causas y consecuencias de esa primera barbarie mundial desde la perspectiva psicológica.

El sargento Gunther tiene detrás una historia de mayor profundidad que su absurda estadística de ser el último caído en combate. Por lo visto, había sido degradado a soldado raso durante un tiempo por el contenido de una carta que envío a EEUU. La censura se daba en ambos bandos y la misiva de Henry fue una de las abiertas. Así descubrieron que aconsejaba a un amigo que ni loco se le ocurriera alistarse para acudir a esta locura de los europeos. Él era de origen alemán, americano pero de segunda generación. Las dudas de su valentía y su compromiso surgieron desde ese momento. El hecho es que Gunther quedó traumatizado por esa reacción contra él, iniciando un cambio de actitud que le llevaría a presentarse voluntario a las acciones más arriesgadas y a comportarse de manera temeraria en el campo de batalla. Deseaba contradecir a sus superiores y demostrar que él sí estaba comprometido con la causa de la guerra y que era un soldado valiente. Neura que llevó hasta el último minuto de su vida y que coincidió con el último minuto de la Gran Guerra.



Gustavo Adolfo Ordoño ©

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