Los pactos incumplidos, una historia demasiado frecuente - Pax augusta

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domingo, 15 de septiembre de 2019

Los pactos incumplidos, una historia demasiado frecuente

Francisco I, rey de Francia, entrando prisionero en la Torre de Luján de Madrid. Pintura de Antonio Pérez Rubio (1884). Museo del Prado

Un apunte histórico de pactos traicionados por intereses ocultos o falta de voluntad real de los contrayentes


Hubo un rey francés que tuvo el récord de incumplir pactos durante mucho tiempo. Hablo de Francisco I, el eterno enemigo del emperador Carlos V. Vencido, humillado y hecho prisionero tras su absoluta derrota en la batalla de Pavía (1525), no tardó ni dos días en incumplir el Tratado de Madrid de enero de 1526 que le dejaba libre para poder regresar a Francia. Preso en la villa y corte durante casi un año, siguió intrigando desde allí contra el emperador. Más que negociar una salida honrosa, negociaba un pacto grandilocuente en los términos y vacío en los contenidos políticos. El mucho anhelo de paz y concordia encubría un nuevo proyecto de guerra contra el primer Austria de la corona española. No podía ser de otra forma, aceptar y cumplir todas las condiciones del pacto con el emperador hubiese sido un suicidio para Francia, rodeada del poder de los Habsburgo.

Aunque el pacto de su libertad personal fuese el más llamativo, no sería el único pacto incumplido por Francisco I. Sin ir más lejos, dejó literalmente con las posaderas al aire a una Liga Cristiana (Conferencia de Bolonia, 1530) reunida para combatir al turco. El sultán se empeñó durante todo el siglo XVI en tomar Viena, emulando al gran logro islámico del anterior siglo cuando sus antepasados tomaron Constantinopla el año 1453. El rey francés había jugado con fuego al pactar tratos secretos y no tan ocultos con los otomanos, que le dieron su apoyo tácito y “táctico” en las guerras de Italia contra el emperador. Amenazas de muerte al mismo Francisco y de ataques contra los intereses de Francia de una "mano negra" turca, hicieron al monarca francés retractarse de su pacto de ayuda al emperador y al Papa en esa “cruzada” contra el turco.

Si seguimos en la historia relacionada con España, existen pactos traicionados que están más cerca de la categoría de la leyenda que del dato histórico cien por cien verificado. La monarquía visigoda no era hereditaria, aunque se intentó hacerla así para dar estabilidad durante los años de consolidación del reino. Costumbre goda esa de “elegir al mejor guerrero” dentro de los clanes, que hizo de su monarquía electa una institución dependiente de las rivalidades familiares y bastante débil frente a poderes como el religioso, lo que motivó también problemas con el papado de Roma (el caso del arrianismo). En el siglo VIII, la incertidumbre del monarca electo volvía a ser el protagonista de la lucha por el poder entre las familias notables del reino visigodo. Los “pactos de familia” se rompían con facilidad, según iban los conflictos de guerra.

El rey Don Rodrigo arengando a sus tropas en la batalla de Guadalete, de Bernardo Blanco. 1871. Fuente -Wikipedia- Museo del Prado

El legendario acuerdo entre el conde don Julián y los musulmanes del norte de África, se ha interpretado por muchos estudiosos como uno de esos pactos incumplidos. El gobernador musulmán Musa de las provincias del Magreb, dependiente del gran califato de Damasco, fue reclamado como ayuda militar por ese “misterioso” personaje, Urbán o Julián, para los partidarios –entre los que estaba él- de los hijos del fallecido rey Witiza frente al “elegido” Rodrigo. Al conde don Julián, unas fuentes le hacen gobernador bizantino de Ceuta, otras el noble visigodo encargado del estrecho de Gibraltar y otras hasta príncipe de una tribu berebere. La leyenda incluye el ultraje (violación) de la hija de este conde a manos del rey Rodrigo, lo que le lleva por venganza a romper su pacto de fidelidad con los visigodos y permitir la invasión musulmana.   

El sustrato histórico de todo esto, restando lo legendario, se resume en lo siguiente: el gobernador militar musulmán y su general Tariq, vencieron al autoproclamado rey visigodo, don Rodrigo, en la batalla Guadalete (711) y traicionaron lo pactado con don Julián, pues tanto él como los Witiza “desaparecen” del mapa de la historia. Ninguna crónica, ni mozárabe o cristiana y menos árabe, concreta la suerte del conde don Julián y los visigodos que pidieron alianza militar a los musulmanes. A partir de ese desembarco en Gibraltar, sin apariencia de invasión planificada, el dominio islámico de casi toda la península se completó en menos de cuarenta años.

En las proximidades de estos monolitos de piedra en forma de toros, fue firmado el "Pacto o Acuerdo de Guisando"

Casi mil años después del esplendor visigodo otro pacto sería incumplido entre familias  reales. La guerra civil castellana entre los hermanastros Enrique IV y la futura Isabel I por la sucesión al trono se iniciaría tras incumplirse el extraño ‘Pacto de los Toros de Guisando’ (1468). Extraño porque suponía, de hecho, la aceptación de la difamación orquestada contra el monarca sobre su impotencia y la imposibilidad de ser el padre de su hija Juana. Declarada ilegítima en los fundamentos del acuerdo, el principado de Asturias y la sucesión de la corona pasaban a su hermanastra Isabel.

La única condición beneficiosa para Enrique IV fue el arrogarse el derecho a elegir el esposo para su sucesora. En 1469, Isabel se casaba con su primo segundo Fernando de Aragón, el pretendiente que menos interesaba al rey Enrique. Decepcionado, el Trastámara considera invalidado el pacto y decide volver a declarar legítima a su hija, devolviéndole el título de princesa de Asturias. La guerra civil entre los partidarios de Isabel y los que aceptaron la legitimidad de Juana, conocida como la Beltraneja por darle como padre al valido de Enrique IV, Beltrán de la Cueva, es el hito de la historia moderna que configuraría tanto el mapa político como geográfico de la futura España-estado-nación. 

Es fácil concluir que todo pacto incumplido es una quimera, una venda que se ponen los contrayentes para no ver la gran desconfianza mutua que se tienen; incluso la inquina o el odio. Una verdadera pérdida de tiempo.



Gustavo Adolfo Ordoño ©
Periodista e historiador



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