Última Navidad de la bandera soviética en el Kremlin; el 30º Aniversario del fin de la URSS

Uno de los camiones soviéticos que en enero de 1990, con la Perestroika económica de Gorbachov, llevó un cargamento de Big Mac al primer Mac Donald's abierto en Moscú. Gesto aperturista que no fue suficiente para reformadores radicales como Yeltsin 


Nuestro país no ha tenido suerte. Se decidió aplicar sobre nosotros este experimento marxista. Al final demostramos que no hay lugar para esa idea, que no ha hecho más que apartarnos por la fuerza de la trayectoria adoptada por los países civilizados del mundo... (Boris Yeltsin, 1991)
    
 Cuando en medio mundo se celebraba el día de Navidad, en la otra mitad se constataba de manera oficial el fin del modo de vida social y económico que había imperado en esa parte del mundo casi un siglo. Fue algo que no se puede decir imprevisto, porque se produjeron acontecimientos en los años previos que anunciaban lo que ocurrió y trascendería ese 25 de diciembre de 1991 cuando el presidente Mijaíl Gorbachov leyó para todo el país y al resto del planeta su discurso de renuncia a la presidencia del Soviet Supremo. Al día siguiente ese mismo parlamento supremo disolvía la URSS. Las elecciones entre mayo y junio de 1989 habían sido las primeras consideradas más o menos «libres» en la Unión Soviética desde 1918. No por existir el multipartidismo, que llegaría en 1993 cuando ya había desaparecido la URSS, sino porque se pudieron presentar candidatos críticos e independientes al Congreso de Diputados del Pueblo. El proyecto reformador iniciado por Gorbachov nada más llegar al poder en 1985, conocido como Perestroika, daba un paso de «gigantes».

Tras los sucesos determinantes para la imagen internacional del país ocurridos en abril de 1986 cuando explotó una de los reactores de grafito de la central nuclear de Chernóbil (Ucrania), Gorbachov se vio obligado a acelerar su reforma política que pretendía mayor trasparencia en los medios de comunicación. La llamada Glásnost quería dar la sensación al exterior de una auténtica democratización de los medios informativos en la URSS, evitando la censura y permitiendo la línea crítica contra el gobierno de Moscú. Pero sobre todo era una actitud muy determinada a reformar las estructuras de poder internas de la Unión Soviética. Actos que parecían simbólicos, como la liberación de Andrei Sajarov, el disidente más famoso en todo el mundo, procuraron el éxito de este aperturismo frente a los recelos de la vieja guardia pretoriana del politburó. La estrategia de Gorbachov y su equipo de reformadores consistió precisamente en hacer más consciente a la opinión pública de la necesidad de cambios inminentes. Así cualquier reacción de los contrarios a esa «apertura» quedaría en entredicho.

Si bien el reformador Gorbachov asumió la necesidad de restar poder a la gran estructura del partido comunista, ante los cambios que se perfilaban en ese final de siglo, no pudo entender que uno de los principales problemas de la Unión Soviética estaba en el creciente reclamo de mayor autonomía de las numerosas nacionalidades del Estado soviético. En el fondo seguía siendo un ciudadano soviético educado en los valores iniciales del proyecto universalista de Lenin. Según su creencia, esas diversas nacionalidades que componían la URSS eran pueblos recogidos en un gran proyecto socialista, no tenían motivos para reivindicaciones independentistas ni era útil privilegiar sus sentimientos de singularidad nacional. Creyó que bastaría con «gestos reformistas» como tuvo con la prensa o la intelectualidad. Así, sin ser muy consciente de ello, abrió la «caja de las reclamaciones» nacionalistas cuando por ejemplo permitió en 1989 el retorno de los tártaros de Crimea a su tierra, tras décadas de exilio en las repúblicas soviéticas de Asia. 

Gorbachov lee ante las cámaras de televisión (CNN incluida) su discurso de renuncia como presidente de la URSS; era el 25 de diciembre (Navidad) de 1991 

En entrevistas recientes, en el contexto de la conmemoración de este 30º Aniversario del final de la Unión Soviética, Gorbachov insiste en la posibilidad de haber podido mantener a ese gran Estado si la «lógica necesaria» de sus reformas hubiera sido mejor interpretada. Aunque también reconoce que su peor error fue el no saber afrontar de manera eficaz y en profundidad esos “problemas en las relaciones interétnicas y en las relaciones entre el centro y las repúblicas” (declaraciones a la agencia rusa Tass). Lograría salir ileso del golpe de Estado de agosto de 1991, pero ese flotador al que se agarró en medio del naufragio era demasiado frágil. En diciembre nada podría hacer ya ante la “erupción volcánica” de declaraciones de independencia que en esos cuatro meses habían sepultado al Kremlin.  

Al final, el presidente Gorbachov tuvo que renunciar en la Navidad de 1991 a su puesto ante el Soviet Supremo para evitar -según sus propias palabras- la barbarie de una previsible guerra civil y un conflicto interétnico generalizado. Y su motivo no solamente fue loable, también creíble conociendo su talante político moderado en ese lustro tan determinante en la historia contemporánea universal. Lo malo para Gorbachov, a pesar de gozar esos años de una popularidad tremenda en el resto del mundo (la Gorbachovmanía) al simbolizar una supuesta democratización soviética, sería la constante pérdida de influencia y de poder en su entorno. Otros políticos, sin tanto carisma para Occidente como Boris Yeltsin, sabrían jugar con las nuevas cartas. 

Yeltsin había logrado la presidencia de la Federación Rusa en 1990 y desde ese "trono" privilegiado se haría con el control del caos de los diversos "reinos soviéticos". Una contradicción aparente, controlar el caos, pero que resultaría la verdadera clave del éxito de este radical reformador comunista, que acabaría renegando del marxismo. El presidente ruso, a diferencia de Gorbachov, si comprendería lo que en realidad estaba ocurriendo. Y se adaptaría mejor a la «nueva realidad», potenciando el plano económico de las reformas de esa "descontrolada Perestroika" donde parecía que ni el mismo Gorbachov sabía sus verdaderos fines. Triunfó el abrir más establecimientos Mc Donald's y consolidar lo que se había iniciado en esa década de 1990 y que provocó el cambio de sistema económico: de una economía comunista a una salvaje economía capitalista. El «capitalismo cleptócrata» que sigue reinando en Rusia con su "monarca" Putin, nostálgico -a su manera- del viejo imperio soviético. 



Gustavo Adolfo Ordoño ©
Periodista e historiador

Publicar un comentario

0 Comentarios