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lunes, 9 de abril de 2018

Fritz Haber, el judío que salvó a Alemania en la I Guerra Mundial

El químico Fritz Haber, judío alemán, con uniforme durante la I Guerra Mundial

La actualidad se empeña en sacar su lado histórico sobre todo en las barbaries humanas. En estos días el régimen de Al Asad en Siria ha vuelto, supuestamente, a bombardear con armamento químico a la población civil del barrio rebelde de Duma, al este de Damasco. No es la primera vez que se acusa al líder oficialista sirio de este crimen y casi siempre se demuestra su autoría. Parece que el uso de armas químicas tiene una maldición de origen. Es decir, se usa en guerras que están enquistadas, como es el caso de la Guerra en Siria, siete largos años, y fue el caso de la Primera Guerra Mundial.

Un ciudadano alemán de confesión judía, iba a ser el científico que salvó la cara del Ejército germano justo cuando el conflicto llegaba a su plenitud. Sin los inventos y descubrimientos de Fritz Haber (1868-1934), Alemania se hubiese rendido mucho antes que a finales de 1918. Imagino que si Haber hubiera podido viajar en el tiempo, viendo lo que ocurrió con los judíos de Alemania y del resto de Europa en la no tan lejana II Guerra Mundial, seguro que se habría pensado mucho el poner su sabiduría al servicio del Estado que le apoyaba en sus investigaciones. Pero eso es historia ficción y los hechos nos indican que en 1908 consiguió producir amoniaco de la manera más barata: del aire.

Este logro fue muy importante porque Alemania estaba bloqueada por mar y tierra, al encontrase en una situación geográfica central en Europa el bloqueo se hacía más fácil para el resto de potencias. Sufría escasez muy grave de materias primas. Por ejemplo, apenas tenía medios para conseguir nitrato sódico, esencial para fabricar pólvora y demás explosivos. No contaban con ese ingrediente básico ni para rellenar los cartuchos de los nuevos fusiles Mauser. Por fortuna para el Ejército teutón, el químico judío que respondía al nombre tan germano de Fritz Haber, logró adaptar su fórmula para producir amoniaco del aire (literalmente) al proceso de fabricación de explosivos. Se sustituía el nitrato sódico por el del amoniaco.

La frágil protección de las máscaras de gas contra las horrendas armas químicas

Este método creador de amoniaco tenía un fin muy beneficioso en su origen funcional. Se trataba de un proceso industrial químico que producía a gran escala la síntesis de fertilizantes agrícolas basados en abonos nitrogenados. De una forma sintética y mucho más barata se producían los necesarios fertilizantes para aumentar la producción agrícola –alimentos- en un siglo (inicios del siglo XX) que la población mundial se duplicaba, a pesar de las guerras, a pasos agigantados. En sí, por este gran logro para el progreso de la humanidad, este descubrimiento de síntesis del amoniaco fue la causa de que a Haber, con su socio investigador Carl Bosch, se le concediera el Premio Nobel de Química en 1918-1919 (el premio el 18, la recogida en 1919).

Desde luego, como veremos ahora, el Premio Nobel de la Paz era improbable que se lo concedieran. El nombre de Haber no ha pasado a la posteridad de manera célebre por haber estado también relacionado con el reverso oscuro de los hallazgos científicos. Si este Nobel químico hubiera seguido por el camino del progreso de la nueva revolución agrícola-industrial, mejorando sus fertilizantes, estaría ligado solo a la erradicación de las grandes epidemias de hambre del mundo. Sin embargo, durante la guerra mundial y mucho después, la documentación histórica de la época le muestra como un “exaltado patriota” volcado en la consecución de armamento químico para la joven nación alemana.

Es el autor de los gases venenosos basados en el cloro, del gas mostaza o del tristemente célebre gas Zyklon, que en su variante más sofisticada sirvió para el horrendo objetivo del holocausto judío. Cruel ironía de la historia, un judío patentó el gas que se usó en los “infiernos”nazis de los campos de concentración durante la siguiente guerra mundial. Por eso, Fritz Haber se puede decir que salvó a Alemania en las primeras décadas del siglo XX y luego la condenó a partir de 1945 a sufrir, para siempre, una traumática memoria histórica de la barbarie.


Gustavo Adolfo Ordoño ©

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