Historia y tragedia de los Osage; cuando la codicia del hombre blanco estafó y asesinó a esta nación india

 

Un indio Osage y su esposa, enriquecidos por el petróleo, viajan en su nuevo automóvil.
Fotografía hacia 1920 


  Los osage son altos, la medía supera el 1,80 m, y pertenecen a una rama de la etnia siux; indígenas norteamericanos que vivieron como sociedades organizadas y libres en las praderas del interior del actual Estados Unidos. Debía ser chocante ver a un osage vestido a la occidental con su sombrero de copa y su más de metro ochenta, ostentando su riqueza en las ciudades de Oklahoma. Hacia el año 1890 se habían encontrado numerosos yacimientos de petróleo en su reserva india. A principios del siglo XX, muchas familias osage se enriquecieron con la venta de los derechos de explotación de estas bolsas de crudo bajo su nación. Así, comenzaron a comprar ropa y complementos de lujo; a construirse palacetes y adquirir la novedad de la época, los automóviles, incluso contrataron chóferes blancos para llevarlos.  

Como otras tribus, expulsadas o empujadas a trasladarse fuera de sus tierras habituales, los Osage tuvieron que conformarse con el territorio asignado por el gobierno de Washington. De sus ancestrales campos de Kansas serían desplazados en 1872 a una reserva en el noreste de Oklahoma. Sin embargo, a diferencia de la mayoría de las naciones indias americanas, supieron hacer de su reserva un verdadero territorio en propiedad. Es decir, compraron con su dinero las tierras de la reserva «cedida» en usufructo por el gobierno federal. Dejaban de depender de la administración central y eran los dueños sin tutela de ese territorio. De esta manera, cuando se encontró el «oro negro» los derechos de propiedad fueron, sin lugar a reclamaciones estatales, de los indios Osage


Un grupo de indios de la nación Osage en 1865


 A la altura de 1908 tantos hallazgos de yacimientos petrolíferos en la reserva de los osage no pasarían desapercibidos para los colonos blancos que estaban haciéndose con las fincas de esa comarca. Pero los derechos de propiedad de esas hectáreas eran hereditarios, exclusivamente entre la gente de la nación Osage. Había sido una buena idea del Consejo Tribal Osage, concediendo a cada familia unas 250 hectáreas que procurasen el porvenir de su pueblo. Así, al llegar la década de los Años 20 del siglo pasado, eran más de 2.200 los títulos de propiedad con concesiones petrolíferas del que comenzaba a llamarse Condado de Osage

Como en los territorios coloniales de los europeos, Estados Unidos tenía en esos años finales del siglo XIX una legislación proteccionista y paternalista sobre los nativos de esas tierras. Una consideración de «menores legales», incapacitados para ejercer plenamente los derechos y deberes sociales. La ostentación y el dispendio de muchos osages ante su nueva condición de personas adineradas tampoco ayudó mucho; sirvió como justificación para los blancos que exigieron tutela sobre la finanzas de esos indios. Según estos colonos se estaba haciendo un mal uso de las riquezas surgidas en la comarca. El gobierno federal mantuvo esas «leyes paternalistas» al comenzar la década de 1920, incluso las amplió obligando a tener cada propiedad petrolera osage a la figura de un «tutor blanco» que auditase sus finanzas. 


Anna Kyle Brown, esta joven osage fue una de las primeras asesinadas en la cadena de asesinatos ocurridos en la reserva de los Osage entre 1921 y 1925


 

 Todo conducía a favorecer la codicia de los colonos blancos por hacerse con esas ricas propiedades indias de la forma que fuese, con la complicidad de las autoridades de Washington. Uno de los codiciosos más intrigantes y mezquinos resultó ser un hombre maduro, casi anciano, con gran reputación entre las gentes de la zona, tanto en indios como blancos. Basaba su carisma en autoproclamarse el «rey del condado», con ese poder el tal William King Hale maquinaría un plan para ir haciéndose con las propiedades de yacimientos de petróleo de los indios Osage.

Casaría a amigos y familiares, compinches a sueldo, con las jóvenes osages para incapacitarlas o asesinarlas de manera que pareciesen muertes accidentales, heredando así sus derechos; porque por herencia de matrimonio sí que se podía acceder al derecho de propiedad exclusivo de los nativos. También provocarían «oportunas» muertes de familias enteras, con incendios en casas o accidentes laborales en las fincas. El hecho fue que desde 1921 hasta finales de 1925 se cometieron alrededor de sesenta asesinatos de miembros de la comunidad Osage. La mayoría en circunstancias extrañas que alarmaron a la prensa de la época pero no a las autoridades, ni locales ni federales. 

 Según el autor del libro Los asesinos de la Luna (2019), el periodista David Grann, al final las pesquisas sobre estos numerosos asesinatos por parte de la llamada Oficina de Investigación, el futuro FBI de J. Edgar Hoover, serviría para detener e incriminar al perverso manipulador William Hale. Pero no para desentrañar toda la inmundicia de inhumanidad y maldad que hubo en muchas personas anónimas que se prestaron a ser cómplices de ese sistemático robo, continua estafa y planificados asesinatos. Como se comprobó en las numerosas estafas de contables y auditores blancos que quedaron sin investigar y en los muchos crímenes irresueltos. 

Por lo visto, en la reciente película (2023) de Martin Scorsese que lleva el mismo título del libro y está basada en él, se intenta profundizar en esa doblez del ser humano que puede convertir en un ser perverso a cualquiera persona «normal». Es el papel que interpreta Leonardo Di Caprio; un tal Ernest Burkhard, sobrino de Hale obligado por éste a casarse con una osage para heredar su propiedad. Burkhard se debate entre su rol de marido, la responsabilidad como padre de familia, y la seducción por enriquecerse. Irá envenenando a la joven osage Mollie, pero al mismo tiempo enamorándose de ella... una licencia de la película, pues los hechos reales llevaron a la cárcel a Ernest junto a su tío William King Hale.  



Gustavo Adolfo Ordoño © 
Historiador y Periodista 

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