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| Imagen recreada por IA (Gemini) |
Presumir de ser la «primera democracia mundial» es algo que pocos países pueden hacer. Sin embargo, uno de ellos que todos tenemos en mente lo lleva haciendo desde que se fundó hace ahora justo 250 años. Este próximo 4 de julio, los Estados Unidos celebrarán su aniversario de independencia y lo harán a lo grande, remarcando que, en puridad, fueron la primera democracia moderna creada en el mundo. A partir de convertirse en una potencia mundial, consolidando su protagonismo tras la victoria de los Aliados en la Segunda Guerra Mundial, ese proclamado título de «primera democracia del mundo» usado por Washington tuvo mayor justificación al otorgarse el papel de salvador de las democracias liberales occidentales.
Los que peinamos canas recordamos esa insistencia del gobierno de Washington en hacernos ver lo imprescindible que era su liderazgo en el llamado «Mundo Libre» durante la Guerra Fría (1948-1989). Esa idea de representar a la «primera democracia mundial», quedó fijada por una construcción ideológica basada en su hegemonía geopolítica sobre todo en el mundo occidental. Hoy vivimos una paradoja histórica, pues ese país que dijo simbolizar la democracia liberal en el siglo XX, resulta en la actualidad el mejor ejemplo de los casos estudiados por organismos como la Economist Intelligence Unit (EIU) o la Freedom House donde se aprecia una preocupante erosión democrática en este siglo XXI.
Estados Unidos ya no puede presumir de ser la primera democracia mundial. Ni siquiera está en el ranking de las Democracias Plenas. Estas instituciones, medidoras de la calidad democrática, suelen tener un baremo según escalas o clasificaciones que, generalmente, se basan en las siguientes pautas:
- Democracias plenas
- Democracias imperfectas
- Regímenes híbridos
- Regímenes autoritarios
Son clasificaciones generales con sus matices, pero no deja de ser significativo que EEUU se encuentre desde hace más de 10 años en los límites de puntuación que la bajan muchas veces al grupo de las Democracias Imperfectas. De todas formas, Estados Unidos no es una excepción. Existe una «recesión democrática» mundial prolongada por múltiples hechos que en cadena han creado claros síntomas de agotamiento del modelo representativo, de la Democracia en sí. Algo que se ha introducido, también, en las corrientes dialécticas y de pensamiento de interés para esta web: Civilización versus Barbarie.
Una dicotomía que, obviamente, no debe ser vista como la clásica dialéctica entre el civilizador y el bárbaro al que hay que civilizar. Con la división categórica de «civilizados=demócratas» y «bárbaros=autoritarios», no estaríamos analizando las verdaderas causas de ese déficit observado. Porque las pautas que se emplean para establecer los niveles de calidad democrática suelen crear contradicciones, aumentando los rasgos positivos en sistemas más autoritarios cuando se solucionan cuestiones sociales como el acceso a la vivienda.
Estas pautas consisten en analizar la transparencia de las elecciones, la actitud del gobierno, la participación de la sociedad, la cultura-educación política de ese país, y la «cantidad y calidad» de las libertades garantizadas. Con todo ello se puede realizar un análisis objetivo del nivel democrático de un Estado. Y con todo ello estos organismos han estado demostrando que la puntuación media global entre 2024 y 2025 cayó a mínimos históricos y menos de la mitad de la población mundial vive en democracia. Además, el puesto de «primera democracia mundial» ha quedado vacante porque ya ninguna superpotencia puede presumir de ello.
Aunque Europa, y en ella destacando España, sigue siendo un baluarte de la «democracia plena», los casos de retroceso están siendo agudos en aspectos como el lograr una buena cultura-educación política. Algo que tiene que ver con el aumento del populismo, un «virus» que ha enfermado hasta a las democracias con mejor salud. Europa occidental podría arrogarse el título de «primera democracia mundial» porque es la región del mundo con más países en el top ranking de Democracias Plenas. Sin embargo, sería complicado elegir a una de esas democracias como «ejemplo mundial».
Quizás lo mejor sea quedarse con la paradoja apuntada. La que se proclamaba como ejemplo para el mundo como primera democracia libre, la de Washington, nos puede servir ahora de termómetro o de «sismógrafo» para detectar «terremotos antidemocráticos». Más que nada porque en esta última década, la que comprende a los dos mandatos del presidente Trump, está experimentando con todas las causas que provocan esos déficit en el nivel de calidad democrática de los países:
- Polarización política extrema. En el caso de EEUU nunca había existido tanta polarización entre los votantes del Partido Republicano y el Demócrata.
- Desconfianza institucional. Los mismos gobernantes ponen en duda la eficiencia y validez de las diferentes administraciones o poderes, cuando existe conflicto de intereses entre el legislativo y el ejecutivo por ejemplo.
- Tensiones en procesos electorales. En 2020 y 2021, el presidente Trump no reconoció su derrota presidencial, incitando a protestar ante el Congreso a sus partidarios.
- Desafección ciudadana hacia la política, provocada por el auge del populismo que alienta el desprecio a las «castas» o élites políticas. En el caso de EEUU, la paradoja estaría en que la administración Trump prefiere considerarse más «empresarios» (gestores) que políticos. Sustituyendo a las antiguas élites políticas por las de multimillonarios de las nuevas tecnologías.
De esta manera, el puesto de Primera Democracia Mundial queda vacante, ocupando Estados Unidos ahora el de primera democracia en peligro de extinción del mundo...


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