Chernóbil, a 40 años de aquel «Fin del Mundo»

Foto de un parque de atracciones en la Zona Cero de Chernóbil


 A pesar de haber transcurrido toda una vida, 40 años, tengo muy vivo el recuerdo de Chernóbil. Por aquellas fechas del grave accidente era un joven que iniciaba sus estudios de periodismo y la noticia mundial que predominaba en actualidad e importancia era la explosión en esa central nuclear el 26 de abril de 1986. Además, un hecho personal se iba a sumar al hecho histórico. Uno de esos primeros veranos como estudiante universitario los iba a pasar con una adolescente ucraniana. Fue recogida en la casa de veraneo de mis tíos en un programa de ayuda a los niños y adolescentes afectados por la catástrofe de Chernóbil

No recuerdo bien su nombre, quizás Irina, quizás Olga, quizás Natacha... pero su cara como si la tuviese delante ahora mismo. Ojos azules sin brillo, apagados igual que las aguas de un lago profundo, un pelo rubio recogido en una trenza, sonrisa forzada y piel blanquecina sin ningún barniz rosado. Recuerdo haber preguntado a mis tíos si estaba contaminada o enferma. Quizás suene fuerte decirlo así, pero en esos años los tópicos y las ideas hechas sobre la radiactividad y su contagio estaban tan extendidos como los prejuicios y los errores ignorantes sobre el contagio del SIDA

Realmente no me preocupaba el contagio, preocupación absurda vista ahora, pero sí que temía la posibilidad de ver delante de mis ojos como esa frágil niña ucraniana se iba deteriorando. En plan pesadilla, me imaginé observando la triste imagen de ver la caída de su hermoso pelo y de apreciar como la radiación convertía sus ojos en cadavéricas ojeras. Pensé que una cosa era verlo por televisión y otra muy diferente ser testigo directo. 

Irina, supongamos que ese era su nombre, formaba parte de un programa de acogimiento de niños soviéticos afectados por la catástrofe nuclear de Chernóbil que realizó la entonces CEE (Comunidad Económica Europea). España acababa de entrar en la organización que luego sería la Unión Europea (UE) y tenía una oportunidad de colaborar. Mis tíos tenían una hija pequeña y mucho espacio en su casa de veraneo, siendo una de las muchas familias españolas que decidieron acoger a una de estas menores.



Aprendiendo a tirarse de cabeza a una piscina


 Mis padres poseían también un apartamento en la misma urbanización y aquel verano coincidí en muchas ocasiones con mis tíos y la niña ucraniana en la piscina comunitaria. Irina sabía algo de inglés y en mi caso podía decir lo mismo, pero los intentos de comunicarnos fueron suficientes para entendernos. Recuerdo que ella respondía estar OK, encontrarse bien, Yo no enferma. En cambio, descubrí que sus padres sí que debían estar afectados por la explosión que voló la tapa del reactor y liberó grandes cantidades de materiales radiactivosSe le cambiaba la cara cuando los mencionaba. 

Incluso me pareció que no era capaz de admitir lo más grave, que alguno de los dos fallecióA la pregunta en mi inglés básico: your parents, ok?. Ella callaba un rato y luego decía que mommy ok, del daddy ni palabraEn confirmar esos datos no quería o no podía entrar. Mi tío me aseguró con cierta suficiencia del que cree estar enterado de todo sin estarlo, que sus padres estaban bien, al menos vivos. Que Irina pertenecía al grupo de niños que no eran huérfanos y que sólo se les buscaba una casa de una familia europea para que pasaran un verano feliz, lo más alejado posible del trauma de la catástrofe.  

Tampoco sabría contar si eso se consiguió: que fuese un verano feliz para Irina. Recuerdo más miradas de miedo y tristeza las veces que me crucé con ella, aunque quizás exagero y eran ojos sólo de desconcierto y confusión. Porque también recuerdo que luego se adaptó muy bien, que disfrutó del sol y de la piscina. Así fue y ahora lo rememoro de esta manera porque, acabando el verano, no reconocí a Irina entre las adolescentes que tonteaban con los chicos de la urbanización. 

Muy morena, menos rubia, se le había oscurecido el pelo, con un bikini a la última moda que le compró mi tía, me saludó desde el borde de la piscina y se tiró de cabeza. Un salto perfecto, no salpicó ni una gota. Una demostración de que había conseguido aprender algo que quizás nunca hubiera aprendido en su Ucrania natal. Pensé que Irina era feliz o vivía ese momento feliz. Tuvo que ser así, pues aprender a tirarse de cabeza en una piscina se supone un recuerdo feliz de la infancia.


Una madre consuela a su hijo afectado de cáncer, consecuencia de la radiación del reactor nuclear de la planta de Chernóbil (1993) Fuente imagen: Vladimir Mashatin / EPA / EFE



La primera semana de septiembre, cuando comienzan los colegios en España, se acababa el tiempo de acogida de Irina. No me despedí de ella, por esas fechas no solía estar ya en ese pueblo de la Sierra de Madrid. Al cabo de unos meses, durante un fin de semana que regresé a esa localidad serrana, pregunté a mis tíos por la niña ucraniana. Su respuesta fue tan fría que me pareció venir de la tundra siberiana. Dijeron algo así como que suponían que estaba bien, que Irina se lo había pasado demasiado bien en su casa y que no podían hacer más por ella. 

Debemos recordar que en esas fechas todavía existía la Unión Soviética y el recelo innato que los occidentales teníamos inculcado por la Guerra Fría hacia los soviéticos. Mi tío me contó que los encargados de la embajada se comportaban como agentes de la KGB, desconfiando de todo con aires de superioridad. Por lo visto, tras una inesperada orden de regreso urgente, fueron recogiendo en autocares a los niños ucranianos y bielorrusos repartidos por Madrid para pasar un verano capitalista y hacerlos volver a sus casas. 

En estos 40 años de aquel fin de su mundo, nada más supimos de aquella adolescente ucraniana que aprendió a tirarse de cabeza en nuestra piscina comunitaria de urbanización. Aunque en estas cuatro décadas de historia contemporánea (Actual) han ocurrido en esa zona del mundo tantos hitos históricos y devenires geopolíticos que Irina ha podido ser protagonista de la caída del Muro de Berlín, de la independencia de Ucrania, de una foto como la de más arriba siendo una madre preocupada por su hijo afectado por el accidente de Chernóbil y de la invasión rusa de su país en 2022. Quién sabe, quizás también pueda ser una madre de un o una joven que ahora esté luchando en el frente...




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