Venezuela y España, la historia de una extraña pareja - Pax augusta

Se está leyendo

jueves, 14 de febrero de 2019

Venezuela y España, la historia de una extraña pareja

El buque Vapor de ruedas de 1ª Clase, Blasco de Garay. Fotografía de la Colección de D. José Lledó Calabuig

Venezuela, un país acostumbrado a las realidades paralelas

Todavía en 1860 las relaciones entre España y Venezuela pasaron por un delicado momento, con un componente bélico al enviar Madrid dos buques de guerra, el Blasco de Garay y el Habanero, al puerto venezolano de La Guaira. Se trataba de una “intervención” para presionar a favor de las numerosas reclamaciones de españoles aún abiertas en ese territorio. A pesar de la independencia de facto desde el Acta de  Proclamación del 5 de julio de 1811 y el Tratado de Paz y Reconocimiento de 1845 firmado casi cuarenta años después, el 30 de marzo de 1845, las relaciones entre los dos países vivían en dos realidades bien distintas.

España, o para ser más exactos la Corona española, no había reconocido (ni asumido) la soberanía venezolana ni tras la derrota militar en la batalla de Carabobo del ejército español peninsular en junio de 1821. Para la monarquía española esas gentes seguían, oficialmente, siendo súbditos de su corona; por lo que las reclamaciones de propiedades o negocios de los españoles que decidieron permanecer en Venezuela y no adquirir la nueva nacionalidad, se convirtieron en un asunto de Estado para España. Sin embargo, la realidad de la independencia de Venezuela lo era de “hecho” y, en el fondo, de derecho. Era necesario negociar un reconocimiento soberano y poner las bases de una reconciliación, que solucionara entre otras cosas esas reclamaciones de particulares.

Hasta la firma de ese Tratado de Paz y reconocimiento (Bolívar sólo había firmado un armisticio en 1820 con el general Morillo) pasaron tres largas décadas. Y aún así, en 1845 tampoco comenzó una “idílica realidad” de buenas relaciones bilaterales. Cada parte tuvo que ceder en su obtusa realidad y ajustarse así más a la “auténtica realidad” de facto. Hay que reconocer la voluntad de transigencia en ambas partes, aunque fuese en una prolongada negociación. En 1830, ya separada de la Gran Colombia, el Congreso de Venezuela tiene un primer gesto de acercamiento. Deroga el decreto de Bolívar que desde 1828 prohibía a las venezolanas contraer matrimonio con españoles. Fue una taxativa manera de no seguir aumentando la población criolla de origen peninsular. España, por su lado, desde la muerte de Fernando VII en 1833 se aviene a tratar sin condicionamientos previos la soberanía plena de Venezuela.

Actual embajada de España en Venezuela, en un feo edificio que se asemeja a un búnker. 

Que el proceso fue largo y complejo hablan los incidentes de 1860, con la toma española del puerto de La Guaira, o que el importante y vital Tratado de Comercio entre ambos Estados no se firmase hasta el final del siglo, en 1881. De todas formas, casi cuando ya parecía imposible, las relaciones bilaterales se consolidaron. Fue, curiosamente, con el IV Centenario del Descubrimiento de América. Venezuela quiso ser uno de los países promotores y que con más interés vivió las celebraciones de Sevilla en 1892. Llevaba una década (1881) siendo la joven república americana con más intensidad comercial y con más flujo de emigrantes provenientes de España. La realidad de reconocimiento y respeto entre iguales, vino tras asumir una auténtica y común “realidad cultural” como fue manifestada en la Exposición Iberoamericana de 1892.


Gustavo Adolfo Ordoño ©

No hay comentarios:

Publicar un comentario