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lunes, 29 de abril de 2019

Sexualidad, una historia entre su presente humano y su pasado animal


 
Uno de los paneles informativos de Atapuerca/Museo de la Evolución (Burgos). Foto propia

Todo son hipótesis, pero en esa premisa se basa cualquier ciencia. Existe un estudio realizado con total seriedad, no forma parte de esas noticias científicas que parecen inventadas para rellenar informativos. Es una investigación que realizó la Universidad de Stanford, en los EEUU, que ha comparado el ADN humano con el del chimpancé y que llega a demostrar que el pene humano tuvo espinas en el pasado. Esas púas tuvieron varios propósitos, y aunque se le buscó una racionalidad científica, el más evidente fue proporcionar a su dueño una mayor sensibilidad y placer sexual.

Del pene espinoso de los homínidos al actual sexo en Internet


Las espinas eran de la misma composición que las uñas de las manos y pies, filamentos duros de escasos milímetros de queratina con terminaciones nerviosas. Lo que hizo interesante ese estudio no fueron las púas en sí, en verdad lo que interesó a los científicos y planteó las reflexiones más agudas fue la ausencia actual de esos diminutos pinchos. Por lo visto, la morfología de nuestro cuerpo, nuestra biología, se ha visto modificada por nuestros comportamientos “humanos”, por nuestras relaciones sociales, en todos estos miles, cientos de miles de años.

Las respuestas estuvieron en las comparaciones de ADN. Hay más de quinientos fragmentos de ADN que tienen los chimpancés y nosotros no tenemos. Los científicos se fijaron en la función de algunos de estos fragmentos contenidos en el chimpancé y no en los humanos. Les llamó más la atención uno de ellos, localizado en la molécula de ADN que está próxima al gen del receptor de andrógenos, de las hormonas masculinas. La relación entre esas astillas sensitivas y los andrógenos era conocida, por su aparición en la mayoría de los primates y en otros mamíferos.

¿Perdimos las púas porque nos humanizamos?


No existen fósiles de los comportamientos. Es improbable encontrar un resto paleontológico que nos hable sobre si los hombres primitivos cuidaban a sus enfermos, si bailaban para celebrar una buena caza o si tenían algún ritual amoroso para aparearse. Sin embargo, nuestro mismo cuerpo es una huella del pasado.

Desde un punto de vista biológico, si es mujer casi seguro que nunca se habrá hecho la siguiente pregunta, por obvia o por absurda: ¿por qué siempre tengo los pechos hinchados, dispuestos a ser apreciados? En las hembras chimpancé los pechos no se aprecian con claridad hasta que no llega la época de ovulación o de alimentación de las crías. Y si es hombre, mucho menos se habrá cuestionado lo siguiente: ¿por qué mis testículos son ahora ridículos en tamaño si los comparo con otros primates?

Los paleoantropólogos sí que se han hecho esas preguntas, para reconstruir la vida de especies extinguidas y en nuestra escala evolutiva las hay a cientos. Nuestros organismos y los genes relacionados son producto de la selección sexual, de estrategias reproductivas sabiamente seleccionadas a lo largo de millones de años.

Detalle del David de Miguel Ángel

Órganos sexuales, huellas del pasado más remoto


El ejemplo más sencillo para explicar la relación entre la morfología corporal y una estructura social estaría en el dimorfismo sexual, es decir, en la diferencia de tamaño entre machos y hembras. Cuando se trataba de competir por el control reproductor en un grupo, los machos debían ser más grandes y musculosos para luchar entre sí por las mejores hembras. Absténgase de seguir leyendo si es purista del lenguaje políticamente correcto. No es machismo, es lenguaje técnico biológico.

Analizando la pérdida de las púas en el pene se llega a la conclusión de que el hombre tuvo que luchar cada vez menos para obtener una hembra. La diferencia de tamaño corporal se mantuvo respecto a la hembra, pero el macho se fue “feminizando”. Desaparecerían las espinas en su miembro reproductor gracias a un comportamiento que se observa también en muchos primates: la monogamia. Ya no hacían falta esas aristas para “sacar” el semen de los competidores. Sí, así de explícito. Esas espinas servirían para “limpiar” los fluidos seminales de “otros” competidores de la vagina de la hembra elegida como la mejor.

Monogamia, la “pareja estable” en la evolución 

Volvemos a recordar que todo son hipótesis, pero las deducciones siguen razonables pautas de observación. Saber cuándo se perdieron las espinas en el pene, en qué momento de la evolución, es mucho más complicado. Algunos especialistas en antropología biológica dicen que fue en el gran momento de la bipedación. Tener las manos libres para ofrecer comida a las hembras y así intercambiar alimento por sexo, sin tener que “matarse” con los machos más fuertes por ello.

Recreación de un clan familiar de una especie humana que vivió en Atapuerca hace 800.000 años

Fue entonces cuando al primate del linaje de hombre ya no le hizo falta ser tan grande y tener unos testículos de gran tamaño. La batalla por la selección sexual fue más sutil, se libraba en el entorno más femenino de la vulva, ya no en el “agresivo” pene espinoso. Aceptaban al macho que les gustaba, que les obsequiaba con alimentos y se preocupaba de ellas. Las hembras ya no se entregaban solamente al más macho, al más fuerte que había vencido.

Otra huella del pasado en nuestra fisiología que nos hizo humanos, la encontramos en la naturaleza más íntima de la mujer de nuestra especie. Para evitar “engaños” de las hembras, que aceptasen comida de su único proveedor pero que luego al saberse fértiles se fuesen con el macho Alfa, en la hembra del linaje mujer se ocultó la ovulación, ni ella misma sabía cuándo era fértil, ni mucho menos el macho de la familia de los homínidos, pues los pechos de su hembra ya los tenía permanentemente hinchados y su vulva no se ponía roja e hinchada para proclamar su fertilidad, como hace la de las chimpancé.


Gustavo Adolfo Ordoño ©

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