Los guerreros que escogieron al «bando contrario»

 

Soldados del Batallón Maorí que sirvió en el Ejército británico durante la Segunda Guerra Mundial ensayan su famosa Haka, canto y danza de guerra. La fotografía se tomó en la Campaña de Egipto en 1941 

Desde los aguerridos tlaxcaltecas que se unieron a Cortés para conquistar el Imperio Azteca, hasta los maoríes que sirvieron a Su Majestad en el Ejército británico durante la Segunda Guerra Mundial, muchos guerreros han sido considerados «traidores» al unirse al bando dominador. Un bando que resultaba ser un poder extranjero o una civilización foránea respecto a las tierras que ellos habitaban, por lo que suponía unirse al «bando contrario». Visiones politizadas y presentistas les suele hacer traidores a los ojos de las sociedades actuales que heredaron ese pasado, pero eso es una perspectiva sesgada y muchas veces alejada del rigor histórico. En Pax Augusta os contamos algunas curiosidades históricas de estos supuestos «guerreros traidores»...

 

 No es una rareza encontrar a lo largo de la Historia insólitas alianzas para la guerra, de esas que resultan a simple vista «anti-naturales». En la misma Biblia encontraríamos ejemplos. Los filisteos fueron un pueblo guerrero con leyenda de crueles, tradicionales enemigos de los hebreos, que durante siglos dominaron el territorio que hoy constituye la llamada Franja de Gaza. No se conoce con certeza su origen, las fuentes bíblicas y las arqueológicas apuntan a que era uno de los «Pueblos del Mar» cuya invasión hacia el 1.200 a.C. desestabilizó esa región y a las civilizaciones dominantes hasta entonces. Los egipcios dan versiones de pactos con ellos y concesiones de tierras a cambio de paz, que en realidad encubren alguna derrota militar y la conquista de este pueblo de lo que hoy sería Palestina

Asentados los filisteos en esa franja costera del Mediterráneo oriental, zona de gran tránsito de emigraciones y de invasiones militares, irían asimilando la cultura semítica predominante. Influenciados, sobre todo, por el empuje de sus principales vecinos y rivales, los israelitas (hebreos). Tras las conquistas asirías y de Alejandro Magno, entre el siglo VII y el IV a.C., de ese territorio, la cultura filistea aparece ya totalmente integrada en las semíticas de la zona; sobre todo fue una asimilación a través de los cananeos, poblaciones que acabaron formando parte del sustrato hebreo

Y llegados los romanos poco antes de la era actual, se aprecia que su conquista fue facilitada en los territorios que componían el antiguo dominio filisteo conocido como Pentápolis. En el contexto de esas cinco ciudades (Gaza, Gat, Ascalot, Ecrón y Asdod), los nuevos dominadores romanos encontrarían auxiliares para sus legiones, mercenarios y confidentes, que solían ser de origen filisteo. En los años históricos de la vida de Jesucristo es cuando se va consolidando la conquista de Judea por Roma, renaciendo el espíritu de rivalidad entre filisteos e israelitas cuando ya eran un «mismo pueblo», perjudicando esa desunión la lucha contra el invasor extranjero. 

La historia bíblica de David y Goliat representa la vieja rivalidad entre los filisteos y los israelitas. Cuadro de Caravaggio fechado hacia 1600, David vencedor de Goliat

 De hecho, en la cultura cristiana, que es la que surge y se expande desde el entorno judío y en esos iniciales siglos, lo de «ser filisteo» acabó significando ser considerado “bruto, ignorante, contrario y traidor a la innovación”. Como se ve, esa idea de traición queda como un estigma difícil de matizar pasado el tiempo. Ha sido el caso también de los tlaxcaltecas, el pueblo totonaca-tlaxcala que decidió aliarse con Hernán Cortés. Aunque lo hacía, teniendo ya un matiz importante esta alianza en apariencia «no natural», contra sus tradicionales enemigos aztecas, los mexicas, el pueblo con las mismas raíces culturales que dominaba en ese siglo XVI el llamado Imperio Azteca

Hubo más comunidades nahua y de otras culturas mesoamericanas que se unieron a Cortés en un «espíritu de rebelión» (que no de conquista) contra la tiranía del dominio ejercido desde Tenochtitlan. Como por ejemplo los huexotzincas, los texcocanos o los totonacas, pero serían los aguerridos tlaxcaltecas quienes pasarían a la historia con la significada etiqueta de traidores. Quizás por ser el pueblo que más guerreros aportó a la campaña del europeo y de mayor experiencia bélica contra los aztecas. Era así porque desde siempre se habían considerado un pueblo libre y no dependientes de otro, consiguiendo sus guerreros conservar esa «autonomía» respecto a la expansión mexica.

Cuando Hernán Cortés tuvo los primeros contactos con los tlaxcaltecas, éstos mostraron su carácter guerrero e independiente presentando combate. Sin embargo, un cúmulo de circunstancias negativas que habían perjudicado la economía y fortaleza militar de la ciudad de Tlaxcala, hizo cambiar de postura a este pueblo, buscando la alianza con los hispanos. Entre las circunstancias perjudiciales destacaba un reciente ataque del emperador Moctezuma para dominar su ciudad; no lo consiguió, aunque en ese intento de conquista azteca los tlaxcaltecas perdieron varias poblaciones vasallas y sufrirían un bloqueo comercial ordenado por la capital azteca, Tenochtitlan. Cortés supo aprovechar ese malestar tlaxcala para conseguir la alianza más sólida y beneficiosa contra el poder mexica

Se pudo comprobar la solidez de esta alianza cuando Cortés y sus hombres huyeron de las revueltas en Tenochtitlan en junio de 1520, que provocó la llamada «Noche Triste» durante la cual casi se liquidaron a las fuerzas de Cortés. Sin embargo, los españoles y parte de sus aliados indígenas lograron resistir en Otumba, que les permitió su retirada a Tlaxcala. Quizás, también, en el imaginario histórico mexicano los tlaxcaltecas son vistos como traidores por no haberse aprovechado de esa gran oportunidad: la debilidad de los castellanos en ese momento para exterminarlos. Sin embargo, la consistencia de esta alianza se constató cuando los tlaxcaltecas refrendaron su amistad y aseguraron que cumplirían fielmente los acuerdos alcanzados con Cortés

Guerrero tlaxcalteca que aparece en el Códice xtlilxóchitl, del siglo XVI. Fuente de la imagen


 Así, la ciudad de Tlaxcala y sus otras ciudades-estados que componían la llamada «República totonaca-tlaxcala» contribuyeron en el gran asedio final a Tenochtitlan. Y lo hicieron con miles de guerreros, pero también con personal auxiliar como transportistas e ingenieros para elaborar las embarcaciones y artilugios que permitieron asediarla desde los cientos de canales que tenía la capital azteca. No obstante, el pueblo tlaxcalteca nunca se consideró servidor sumiso de los europeos. La base de su alianza partía de la condición de «igual a igual», haciendo valer esa condición como grandes guerreros que condicionaban su ayuda al cumplimiento de los «privilegios» otorgados por Cortés y luego la Corona española

Ventajas políticas y territoriales que disfrutaron, con mayor o menor rigor, durante todo el periodo novohispano y que nunca dejarían de reclamar como fundamento «legal» de su alianza con los españoles; negando siempre que fuese un «pago a traidores». Visto en la época como un acuerdo más entre súbditos de la Monarquía Hispánica, pues eso eran ya los pueblos mesoamericanos. Súbditos de una Corona como lo eran los maoríes, en este caso del Reino Unido. Curiosamente, durante gran parte de la historia del pueblo maorí y su relación con los británicos no se ha visto a los maoríes como “traidores” a los pueblos originarios. De hecho, una vez sometidos y convertidos en súbditos, volvieron a combatir como feroces enemigos de los ingleses tal y como se comprobó en la llamada Guerra de las Tierras de Nueva Zelanda

Precisamente, la guerra se provocó por incumplir los colonos británicos un tratado de alianza con los maoríes del territorio bautizado como Nueva Zelanda. Los colonos presionaron a las autoridades coloniales para que los maoríes les vendieran tierras a ellos, algo prohibido porque sólo podían vender a la Corona. Fue una guerra de desgaste que duró décadas (1845-1872) y que acabó por consolidar el dominio colonial británico de todo el archipiélago. De esta forma el pueblo maorí volvió a ser fiel súbdito de Su Majestad británica y colaboró en el devenir histórico del Reino Unido, como vemos en la foto que encabeza el artículo sobre el Batallón Maorí. Pero esa visión comenzaría a tener matices desde otras recientes perspectivas históricas.

Ha sido a raíz de profundizar en el papel que tuvieron los maoríes en el control y dominio de todo el gran archipiélago neozelandés, con sus numerosas islas adyacentes. Se ha contrastado que fue un numeroso contingente de guerreros maoríes los que invadieron las islas Chatham y aniquilaron a casi toda su población, conocida como los moriori. Lo hicieron en 1835 cuando eran ya súbditos británicos, llevados en un barco inglés, para incluir esas islas en la soberanía de Nueva Zelanda. Ese nuevo dato histórico convertía desde la perspectiva indigenista a los maoríes en «guerreros traidores».   


Gustavo Adolfo Ordoño ©

Historiador y periodista 


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