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| Recreación por IA a partir de una antigua postal de una imagen cotridiana del Tetuán de 1949 |
«En el Rif había hambre y la gente no tenía qué comer. Tampoco se encontraba trabajo y había que buscar el pan donde fuera. En el ejército nos daban de comer y una paga». Este testimonio lo recogía la historiadora María Rosa de Madariaga en su excelente ensayo Los moros que trajo Franco (Alianza Editorial, Madrid, 2015). Era la excusa o la motivación de un joven rifeño (norte de Marruecos) para alistarse en el ejército que comandaba Franco y combatir en la Guerra Civil española (1936-1939). Más de ochenta años después, esa «miseria existencial» ha sido también la principal razón dada por miles de marroquíes jóvenes para cruzar ilegalmente la frontera española de Ceuta.
La comparación ni es odiosa ni es improcedente por anacrónica. Resulta adecuada porque resume de manera clara el papel histórico que ha tenido la juventud marroquí en las relaciones contemporáneas con España. Añadiendo en ese papel de «doble cara» en la actualidad a mujeres jóvenes con o sin hijos, a familias enteras, como se ha visto en la reciente entrada masiva de personas por la frontera del Tarajal en Ceuta durante los últimos días de julio. Al sultán nunca le ha preocupado el porvenir de sus súbditos, lo ha dejado en manos de Alá. Unas veces tocaba hacerse «soldados de fortuna» y otras desesperados emigrantes irregulares para salir de la penosa situación de pobreza en la que vivían.
Cuando muere el débil sultán Muley Yusef en 1927, un hombre avenido al poder y control del gobernador francés del protectorado, su hijo que le sucedería como Mohamed V iba a continuar siendo un «pelele» en manos de la potencia europea protectora de su imperio jerifiano. Sin embargo, cierta indolencia de este soberano a la hora de nombrar a sus representantes en el norte del país, en concreto al jalifa de Tetuán, permitiría a los golpistas contra la República española de julio de 1936 movilizar para su bando a la mayoría de hombres en edad de combatir del Rif, región que comprendía el llamado Protectorado español de Marruecos.
Así, la deseada neutralidad francesa en el conflicto español se mostró de manera ambigua pero efectiva por parte del sultán Mohamed V en el lado francés y no resultó posible en el territorio norte del jalifa Muley Hasan ben El Medí porque no tenía ningún carisma para seguir los pasos de su primo el sultán. Entre las cabilas de la zona española no poseía prestigio ni consideración, más allá de ser miembro de la familia real, plegándose enseguida a los deseos de la nueva autoridad española que estaba dando el golpe contra la República.
Los gobiernos de jalifas y bajás (algo así como alcaldes-gobernadores civiles) resultaron en el protectorado meras comparsas, operetas donde solamente importaba a esta elite política marroquí mantener sus privilegios. Su preocupación por el bienestar de la población local, los súbditos jerifianos, se puede decir resultaba menor que la tenida por las autoridades coloniales europeas. Por eso periodistas extranjeros, cuando fueron a cubrir la rebelión militar comenzada en el África española y que provocó la Guerra Civil, se sorprendieron de lo vacío de hombres que estaba el Rif. Todos se habían marchado a la península a combatir por Franco a cambio de una paga y sustento.
Noventa años después, justo en otro julio pero de 2026, decenas de miles de personas querían también ir a la península para conseguir «sustento». Para ello, engañados e influidos por desinformación proveniente de las redes sociales, cruzaron a nado y por tierra el paso del Tarajal, que separa la antigua Castillejos (Fnideq para Marruecos) de Ceuta. Esas personas en su mayoría forman parte de la sociedad civil del reino alauita, que pese a su discurso reciente de modernidad y paz social ha permitido se jueguen la vida en un masivo cruce ilegal de la frontera. Puede haber un centenar de fallecidos ahogados tras la ilusión de emigrar a la próspera Europa, pero eso no parece importar al reino de Marruecos acostumbrado a dar una imagen contradictoria del país con tal de tener éxito en sus presiones geopolíticas.
El hijo y el nieto de aquel «sultán marioneta», Mohamed V, iniciaron un cambio de actitud en la dinastía alauí que cimentó el irredento expansionismo jerifiano en búsqueda del Gran Marruecos. Hassan II en los años duros de la independencia desde 1956 y luego su hijo Mohamed VI, actual monarca, han sabido utilizar esa especial relación súbdito-sultán que les daba su carisma como guías religiosos para utilizar a su gente como «peones» de sus presiones políticas contra España. La Marcha Verde de 1975 y la Crisis de Ceuta de 2021 no fueron otra cosa que eso, no merecen más disquisiciones. Igual que la actual crisis en Ceuta (en Melilla también, en menor medida) durante este verano de 2026.
«Moro bueno» el que fue a combatir a los ateos rojos. Pues el discurso y la propaganda de los golpistas del 36 y luego fascistas españoles les convirtieron en soldados de una cruzada, que como no podía ser contra el musulmán lo sería contra el ateo comunista. «Moro malo» el que traicionó la confianza del «protector» español y se rebeló en las guerras de Ifni-Sáhara (1957-1958) contra ese ejército que les dio de comer. «Moro bueno» el que coopera con la Unión Europea en el control migratorio africano. Pues el discurso del gobierno democrático de España es que Marruecos es un socio de fiar en la gestión migratoria y colaborador contra el terrorismo integrista. «Moro malo» que actúa de manera maniquea en sus relaciones internacionales y utiliza a su población como «arma geopolítica».
Sobre el autor
Gustavo Adolfo Ordoño Marín es historiador y periodista licenciado por la Universidad Complutense de Madrid y la UNED. Máster en Historia Contemporánea de España. Autor de ensayos históricos en editoriales como Almuzara y colaborador en medios de comunicación. Conoce más sobre su trayectoria académica, línea editorial y publicaciones en la sección Acerca de Pax Augusta .


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