| Tramo de calzada romana que se puede ver en el Museo Nacional de Arte Romano de Mérida, la antigua Emérita Augusta fundada el siglo I a. C. |
La expresión «Todos los caminos conducen a Roma» siempre me ha parecido certera, como una de esas balas directas al corazón en medio de una batalla. No solamente por explicar en seis palabras lo que significa el poder, ya sea político o religioso, también por significar la idea de eficacia y soberbia que ese mismo poder debía tener y ostentar. El Imperio de Roma construyó toda una red de calzadas, magníficas autopistas de la época, no para que los patricios veraneasen en la costa adriática sino para enviar de forma rápida sus legiones a cualquier punto de sus dominios y para garantizar el buen flujo mercantil, vital para su poderío económico. El poder de Roma se sustentó en gran parte en su excelente «eficacia ingeniera» que tendió puentes y trazó caminos por todo el mundo conocido.
Desde sus inicios como «frase hecha» o dicho popular, supuso algo más que un inocente consejo geográfico para no perderse. Siguiendo con la metáfora, el tomar una carretera u otra supone al final -del camino- que siempre existirá la potestad de conformar una realidad: una «nuestra Roma». El simil de los universos paralelos iría por ahí. Si hubiera girado a la izquierda en lugar de a la derecha, ahora no viviría en Madrid y estaría casado con hijos. El camino que no tomé quizás lo esté viviendo «otro yo» (otra persona) y sea un introvertido novelista de éxito afincado en Nueva York. Pero, en definitiva, habríamos llegado a «nuestro destino».
Una vez frente al cruce de caminos, sin conocer bien qué encontraremos al final de ellos, la frase de «Todos los caminos conducen a Roma» nos proporcionaba seguridad. Quedaba el consuelo de pensar que tomáramos el que tomásemos siempre íbamos a llegar y «no nos perderíamos». Una especie de latente «orden supremo» haría que cualquier calzada que optásemos tomar nos llevaría a nuestro destino, a Roma. Así, hasta el azar parecía sometido a «superiores designios». Esa soberbia del Poder que «ordenaba el mundo» con sus excelentes calzadas te venía a decir que camino que tomases, rebelión contra él o vasallaje más o menos sincero, tendría siempre un final en Roma.

Encrucijada de caminos: ¿Todos los caminos conducen a Roma?
NO TODOS LOS CAMINOS CONDUCEN A ROMA
Pero en muchas ocasiones, cuando el caminante llegaba a su meta comprobaba aturdido que ese lugar no era lo que esperaba. En nada se parecía a una idealizada Roma o a una de «circunstancias» que pudiera llamar Su Roma. La cuestión era que costaba mucho reconocer habíamos tomado el camino equivocado. ¿Desandar el camino? ¿Quedarse en ese lugar (Realidad) y adaptarse? Como decíamos, existe cierta confianza en el dicho Todos los caminos conducen a Roma haciéndonos creer que siempre llegaremos bien a nuestro objetivo. Por eso resulta tan duro reconocer el error y probar «otro camino».
En el orden mundial actual las calzadas «seguras» se están deteriorando, ya pocos caminos conducen a la «Roma» del multilateralismo y de la globalización positiva. Los caminos tomados por Rusia, Israel y Estados Unidos no han llegado a Roma. El camino tomado por Rusia no llegó, ni mucho menos, a Su Roma: llegó a la resistencia ucraniana que ha conseguido revertir el curso –calzada- de la guerra. El camino que Israel tomó no alcanzó su supuesta Roma de acabar con Hamás, sino que viaja a una idealizada Roma fundada sobre una masacrada y aniquilada Palestina. Estados Unidos no tomó el camino de la su pregonada Roma de democracia y justicia, se ha equicvocado y ha entrado en un laberinto persa.
Siguiendo con el simil topográfico de saber leer bien los mapas y tomar el mejor camino, decir que nos cuesta horrores admitir este tipo de errores. El tópico se cumple, sin ánimo de ofender a nadie, de las mujeres que no saben leer los mapas y de los hombres que antes de preguntar a alguien cuál es el mejor camino prefieren errar mil veces. Todo por una pura cuestión de orgullo mal llevado. En muchas personas, caminantes de esta deteriorada vía del Orden Mundial, con enorme poder y responsabilidad de tomar decisiones (tomar caminos), esta incapacidad de rectificar y reconocer errores resulta un pésimo defecto. Nos hicieron creer, empezando por ellos mismos, que todos los caminos conducían a Roma...
Sobre el autor
Gustavo Adolfo Ordoño Marín es historiador y periodista licenciado por la Universidad Complutense de Madrid y la UNED. Máster en Historia Contemporánea de España. Autor de ensayos históricos en editoriales como Almuzara y colaborador en medios de comunicación. Conoce más sobre su trayectoria académica, línea editorial y publicaciones en la sección Acerca de Pax Augusta .
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