Guerras que nadie recuerda: los conflictos y tratados de paz más insólitos de la Historia


Captura de pantalla de la web oficial de las Islas Sorlingas (Isles of Scilly, Reino Unido), que estuvieron en guerra con los Países Bajos más de 300 años



 Hagamos algo de memoria escolar. Cuando íbamos al colegio y tuvimos nuestras primeras clases de historia. En ellas descubrimos que la Historia, con mayúscula, estaba repleta de grandes guerras, también de acuerdos y tratados de paz. Acontecimientos que transformaron la vida de millones de personas y que eran temas de principal estudio. Pero también existieron episodios que se consideraron menores, aunque su devenir histórico afectase igualmente a las gentes de su época. Quedarían relegados a un segundo plano y por dejadez, descuidos diplomáticos o por su carácter anecdótico nunca se estudiarían en nuestras clases de historia.... En Pax Augusta os contamos algunos de estos casos:

La guerra de los 335 años: los Países Bajos contra las islas Sorlingas

Una de las «guerras olvidadas» más curiosas fue llamada Guerra de los 335 años, que enfrentó, al menos sobre el tablero diplomático y político del momento, a los Países Bajos y a las islas Sorlingas (Isles of Scilly), un pequeño archipiélago situado frente a la costa de Cornualles, en el extremo suroeste de Inglaterra.

Para no menospreciar este dato tan excéntrico, debemos ir a su contexto y origen. Se encuadra dentro de la Guerra Civil inglesa del siglo XVII. En 1651, las islas Sorlingas seguían bajo control de los realistas, los partidarios de Carlos I, mientras que los neerlandeses habían apoyado al bando parlamentario, a la postre vencedor de la guerra. La flota neerlandesa acudió a las islas para exigir reparaciones por los daños que los realistas habían causado a sus barcos. En el principal puerto del archipiélago existía un astillero habituado a reparar las embarcaciones que iban camino de Inglaterra. Al no conseguir esas reparaciones, el almirante neerlandés Maarten Tromp «volvió a declarar» la guerra expresamente al Concejo (Council) de esas islas.

Sin embargo, pronto esta historia iba a dar un curioso giro. Con la llegada al poder de Oliver Cromwell, decapitado Carlos I en 1649, sus fuerzas parlamentarias «reconquistaron» las islas y los neerlandeses dejaron de asediarlas ese mismo año de 1651 en el que les habían declarado la guerra. El conflicto dejó de tener importancia y a los pocos años murió Cromwell y su breve «periodo republicano». Tras esa guerra civil y esa etapa republicana, el Parlamento ganaba poder frente a la Corona pero optó por reinstaurar la monarquía en la figura de Carlos II. En medio de toda esta crucial etapa de la Historia de Inglaterra, nadie se preocupó de formalizar una paz.

Así, durante los siglos siguientes, Países Bajos e Inglaterra mantuvieron relaciones diplomáticas, comerciales y militares normales, mientras aquella declaración de guerra realizada por autoridades civiles y militares de sus respectivos países quedaba enterrada en los archivos. La historia habría quedado como una simple curiosidad si en la década de 1980 Roy Duncan, historiador local y presidente del Consejo de las islas Sorlingas, no hubiera investigado el asunto.

En 1985 este historiador y autoridad de las Islas Sorlingas escribiría a la embajada neerlandesa. Como en los archivos de su Concejo no encontró nada, quiso comprobar si realmente existía algún documento en los archivos de los Países Bajos que constatasen se hubiera puesto fin a aquella vieja guerra. Para sorpresa de algunos y curiosidad de muchos, no encontraron un tratado de paz específico a una «declaración de guerra» que sí constaba en los archivos de las armadas de ambos países.

Para dar un solemne y simpático final a esta historia, se realizaría una de las ceremonias diplomáticas más insólitas del siglo XX. El 17 de abril de 1986, el embajador neerlandés Rein Huydecoper acudió a las islas y firmó un tratado de paz. Así terminó oficialmente, 335 años después, una guerra en la que no se produjo ninguna batalla y no hubo víctimas.


Recreacción por IA de la firma del Bando de Móstoles de 1808 llamando a la guerra contra los franceses


Móstoles y la «paz» con Francia 177 años después

Entre España y Francia tendríamos una historia de parecida trama. El 2 de mayo de 1808, en plena invasión napoleónica, los alcaldes de Móstoles, Andrés Torrejón y Simón Hernández, firmaron el célebre bando que llamaba a otros pueblos a acudir en auxilio de Madrid y a combatir a las tropas francesas. Aunque la Real Academia de la Historia concreta que la declaración de guerra sería en el pueblo de Torrejón al día siguiente, 3 de mayo, el famoso bando de Móstoles quedaría en el imaginario madrileño como el primer «grito» declarado de guerra.

De esta manera, el episodio se convirtió con el tiempo en uno de los símbolos de la resistencia española contra Napoleón. Creándose, además, una «historia paralela» mucho menos conocida. Durante décadas se mantuvo la idea de que Móstoles no había firmado formalmente la paz con Francia después de aquel bando municipal, que sin otras autoridades españolas libres del dominio francés, fue considerado la declaración «formal» española de guerra.

Pero, en realidad, la Guerra de la Independencia terminó en 1814 y Francia y España no permanecieron enfrentadas durante los 177 años siguientes a la declaración bélica mostoleña. Lo que se descubrió por parte de historiadores especializados en jurisdicción municipal y archiveros locales, fue una peculiar «cuestión formal» relacionada con el bando de Móstoles. Esos bandos municipales de 1808, incluimos a Torrejón, sirvieron a las posteriores Juntas de Defensa españolas como base jurídica para que el reino de España tuviera una declaración de guerra específica contra la Francia de Napoleón.

Otro final solemne y amable de esta historia llegaría el 2 de mayo de 1985, cuando el Ayuntamiento de Móstoles y el embajador de Francia en España, Pierre Guidoni, firmaron una Declaración de Paz. El propio texto reconocía que el documento tenía sobre todo un significado simbólico y que había que superar «los aspectos nefastos» de aquella vieja contienda. Así, 177 años después de su famoso bando, Móstoles pudo celebrar de manera oficial su reconciliación con Francia. La ceremonia incluyó actos religiosos, homenajes y la firma del documento en el salón de plenos municipal.

Este «olvido histórico, es un caso tan curioso como interesante; porque muestra cómo una declaración histórica, el singular Bando de Móstoles, su espíritu e imaginario puede sobrevivir mucho más tiempo que el conflicto que la originó.

La guerra de los bacalaos: dos países de la OTAN enfrentados por su pesca

Mucho más reciente y bastante más grave pudo ser el enfrentamiento entre Islandia y el Reino Unido por los derechos de pesca. Las llamadas Cod Wars, o «Guerras del Bacalao», se desarrollaron mediante varias crisis diplomáticas y altercados muy serios con barcos de ambos países entre las décadas de 1950 y 1970.


Imagen recreada por IA que muestra los "enfrentamientos bélicos" entre barcos islandeses y británicos


No hubo oratorias bélicas grandilocuentes como ahora realizan dirigentes del estilo de Trump. Ni declaraciones de guerra formales o invasiones territoriales convencionales. Algo que para colmo contradictorio sí que se ha dado en pleno siglo XXI (invasiones de Ucrania y de Gaza). El conflicto consistió en lo que ahora llaman «guerra híbrida». Una mezcla de enfrentamientos entre patrulleras islandesas y pesqueros británicos, maniobras para cortar redes y de operaciones propagandísticas a nivel internacional sobre la extensión de las aguas territoriales.

La paradoja geopolítica resultó desconcertante en ese momento. Islandia era un país diminuto y sin ejército consistente y formado frente a una de las grandes potencias militares del mundo. Sin embargo, Islandia consiguió con su escasa fuerza marítima de avezados marineros conocedores de la región imponer una «posición geopolítica de hecho» y ampliar su zona exclusiva de pesca hasta las 200 millas náuticas.

Este episodio resulta curioso por las fechas en las que ocurrió, plena Guerra Fría, y porque ambos países eran aliados de la OTAN. Desde luego, no fue una guerra convencional. Pero sí resultó una sucesión de conflictos graves que creó un «estatus bélico» en la región durante décadas entre dos supuestos aliados occidentales. Los incidentes se les puede llamar bélicos porque fueron protagonizados por barcos de guerra británicos e islandeses en el Atlántico Norte.

La «guerra del perro»: Grecia invade Bulgaria en 1925

En octubre de 1925, un incidente fronterizo entre Grecia y Bulgaria estuvo a punto de convertirse en una guerra absurda y cruenta de nefastas consecuencias. El episodio pasó a conocerse como el Incidente de Petrich, aunque popularmente recibió un nombre mucho más curioso y a la vez cruel: la «Guerra del Perro».

Según la versión con mayor rigor, un soldado griego persiguió a su perro que había cruzado la frontera, entrando sin percatarse mucho de ello en territorio búlgaro. Preocupado por recuperar a su travieso mastín, se puso a correr hacia el puesto fronterizo y los guardias búlgaros dispararon hiriéndole mortalmente. Cuando fue rescatado por sus compañeros era demasiado tarde, el soldado murió y en Atenas se tomó el caso como un agravio bélico sin disculpas. En el siempre tenso clima a nivel político y militar en los Balcanes, Grecia exigió responsabilidades y una disculpa a Bulgaria.  

Al no alcanzar un acuerdo sobre lo ocurrido realmente y la naturaleza del incidente, Grecia en un impulso belicista hizo una incursión de sus tropas justo en el territorio búlgaro donde el perro de su soldado se había adentrado. El conflicto fue corto, se desarrolló entre el 19 y el 29 de octubre de 1925, siendo una de esas guerras cortas y absurdas. Finalmente intervino la recién creada Sociedad de Naciones, que ordenó el alto el fuego y la retirada griega.

Contado así puede parecer una frivolidad y una pura anécdota. Sin embargo, esta historia no se limita a esa «simplificación de una guerra por un perro». En su intrahistoria tenemos toda una muestra de un contexto mucho más complejo: Grecia y Bulgaria soportaban desde hacía décadas, en concreto desde finales del siglo XIX, tensiones territoriales, nacionalistas y fronterizas.



Una guerra de 38 minutos

No todos los olvidos históricos tuvieron una duración extraordinaria. Algunos tuvieron como motivo de ser olvidados lo contrario: su muy corta duración. El 27 de agosto de 1896, Gran Bretaña y el sultanato de Zanzíbar protagonizaron un conflicto que suele considerarse la guerra más corta de la Historia, con una duración aproximada de 38 minutos.

La crisis comenzó después de la muerte del sultán Hamad bin Thuwaini. Su primo Khalid bin Barghash ocupó el palacio y se proclamó sucesor sin contar con la aprobación británica que Londres consideraba necesaria. Los británicos le dieron un ultimátum para abandonar el poder. Khalid se negó. A las 9:00 de la mañana terminó el ultimátum y los barcos británicos fondeados en la bahía comenzaron a bombardear el palacio. Menos de una hora después, la resistencia había terminado. Según un registro de la época, la bandera blanca de rendición se izó a las 9:38 horas.

Se dan cifras de víctimas variables en los datos encontrados, pero se calcula que alrededor de 500 personas murieron o resultaron heridas del lado zanzibarí, mientras que los británicos sufrieron una baja, un marino herido. El episodio quedó rápido eclipsado por acontecimientos posteriores del imperialismo británico y de otras potencias europeas. Lo que sorprende de este caso es que un conflicto con semejante desequilibrio de fuerzas pudiera ser considerado por la historiografía británica como una guerra.

Pero tendría cabida como guerra porque interesaba para el discurso oficial de la «causa imperialista» en el Reino Unido. La Historia Oficial no sólo se llenaba de grandes acontecimientos que son fáciles de recordar, también debía incluir pequeños episodios explicando ese entramado mayor pero que solían olvidarse enseguida...


Sobre el autor

Gustavo Adolfo Ordoño Marín es historiador y periodista licenciado por la Universidad Complutense de Madrid y la UNED. Máster en Historia Contemporánea de España. Autor de ensayos históricos en editoriales como Almuzara y colaborador en medios de comunicación. Conoce más sobre su trayectoria académica, línea editorial y publicaciones en la sección Acerca de Pax Augusta .

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