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miércoles, 13 de marzo de 2019

Ana Frank y el salvoconducto hispano que la pudo salvar

El 'Diario de Anna Frank' como novela gráfica, que se llevará pronto al cine 

Se cumple en estos días el aniversario de la muerte de esta niña, Ana Frank, que se ha convertido en un símbolo del infortunio de todas las personas que acabaron víctimas del Holocausto. Cada año, su muerte sirve para intereses frívolos y alejados de su verdadero significado. Hacer de Ana Frank metáfora de injusticias o penalidades actuales, solo habla de ese evidente colapso de los valores civilizadores que sufrimos en esta época de globalización. Ana Frank murió entre febrero y marzo de 1945 (no es segura la fecha) en el campo de concentración nazi de Bergen-Belsen; y que lograse salvar su diario convertido en uno de los mejores testimonios de la persecución y acoso a los judíos por el III Reich, es lo único cierto de Ana Frank.

La historia es la que es. Sin embargo, el padre de Ana, Otto Frank, intentó con todas sus energías salvar a la familia de la persecución nazi y de una segura muerte en esos campos de concentración que cuando los alemanes invadieron los Países Bajos (1940) ya se llenaban de judíos de toda Europa. Los esfuerzos por huir de los nazis comenzaron antes de iniciarse la guerra en suelo europeo. Nada más ganar Hitler las elecciones de 1933, Otto Frank y su familia emprenden una huida preventiva a Ámsterdam, pues el antisemitismo del partido nazi era evidente. Son una pareja de alemanes judíos con dos hijas. Edith es la madre, Margot la hermana mayor de Ana Frank.

En la huida de los Frank también había un componente de ‘emigración económica’. Alemania estaba en la ruina desde el final de la Primera Guerra Mundial y, encima, la propaganda populista nazi echaba la culpa de esa bancarrota a los “adinerados” judíos. En Holanda, tras varios intentos de establecer un negocio de importaciones con Inglaterra, Otto Frank consigue poner en marcha una empresa de especias y hierbas para embutidos. Las cosas parecen estabilizarse y los Frank se “relajan” algo en su verdadero objetivo: emigrar a los EEUU. Por eso, la invasión germana de los Países Bajos precipita de nuevo las gestiones para abandonar Europa.

Para colmo, Otto Frank y su hermano, Robert, habían combatido para Alemania en la I Guerra Mundial. Fuente imagen

Entre las opciones que le quedan a Otto Frank para conseguir el éxodo particular de su familia judía está el obtener un salvoconducto español que le permita, desde España o Portugal, viajar a Cuba y de allí a Estados Unidos. Ya no puede obtener visados ni en el consulado de EEUU en Alemania, porque ambos países se han retirado las delegaciones diplomáticas, ni en el consulado estadounidense de Ámsterdam porque ha sido destruido por un bombardeo alemán durante la invasión.

La “conexión hispana” le pareció a Otto la mejor alternativa. De todos los diplomáticos que pudo tantear, pocos porque no era un hombre de grandes relaciones sociales, unos legados cubanos, relacionados con diplomáticos de España, pudieron ser la “llave” para viajar a América, vía la península Ibérica; una ruta habitual entre todos los exiliados (no solo judíos) del régimen nazi.  

No hubo suerte, el documento de deportación de la hermana de Ana Frank emitido por la GESTAPO hizo reaccionar con urgencia a la familia que se escondió en un casa-almacén, detrás de las oficinas del negocio familiar de los Frank. Otto tuvo que dejar sus gestiones burocráticas para emigrar, por otro lado complejas y paralizadas por la política de emigración en guerra que ya aplicaba EEUU. Desde julio de 1942, el escondite duró dos años y medio. Aún no se sabe con certeza quién fue el delator o delatora de los Frank y de la otra familia, los van Pels, más el invitado meses después amigo de Otto, Fritz Pfeffer. Edith, la madre, murió en Auschwitz. Sus hijas, Margot y Ana, por agotamiento y desnutrición en Bergen-Belsen. Otto tuvo suerte, estaba en Auschwitz-Birkenau en el barracón de los enfermos cuando el campo fue liberado por los soviéticos  el 27 de enero de 1945. Moriría en Suiza con 91 años en 1980.
  

Gustavo Adolfo Ordoño ©


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