Historia de la «Locura»; las enfermedades mentales como nueva pandemia

 

Una niña judía recién liberada de un campo de concentración nazi pinta lo que era su "hogar" ante los primeros médicos psiquiatras que tratan su grave trauma (1945)

  Las enfermedades mentales no son «locura», es algo que ahora tenemos claro pero en la historia llegó a ser un gran estigma. Que en una dinastía de reyes existiesen antecedentes de locura familiar suponía tal afrenta que les llegaba a costar la misma corona. En las épocas que consideramos «clásicas», las épocas preindustriales, el término locura se empleó para definir al comportamiento extraño de ciertas personas respecto a los cánones culturales y sociales del momento. Así, pues, la locura es un concepto histórico y social que ha tenido siempre una interpretación negativa o despectiva. Por eso, a finales del siglo XIX cuando tuvo análisis científicos y racionalistas dejó de utilizarse como término médico y comenzaron a emplearse los conceptos de enfermedad o, más recientemente con la psiquiatría médica, de trastorno mental.


Breve historia de la locura

Lo primero que haremos será matizar que es imposible hacer una completa «historia de la locura», y menos hacerla con brevedad. Como su definición dependía de tantos factores, desde culturales a políticos, imponiéndose sobre ella la mentalidad de una época, ha resultado complejo tratar a la «Locura» como algo objetivo. Incluso el aspecto físico de algunas personas suponía para ciertas culturas rasgos de locura. Lo vemos en las mujeres pelirrojas en la Europa medieval o en los niños albinos en el África negra. De esta manera, en Pax Augusta hemos optado por no salirnos de la perspectiva histórica del asunto y tratar a la locura como objeto social relacionado lo más posible con la idea esencial de salud mental

En la Antigüedad podríamos resumir que la locura fue considerada una cuestión sagrada. Los dioses benéficos y los malignos (demonios) castigaban a los «mortales» (personas) con esos rasgos enajenados por una venganza contra ellos. Así, la locura era una manera de advertir al resto de que también podían ser castigados si no observaban respeto hacia esos dioses. Los castigados con esa «marca de los dioses» eran considerados víctimas, no culpables de su enajenación. Esta idea sobre la locura predominó en las civilizaciones de Mesopotamia y las del Mediterráneo. Sorprende, sin embargo, la clarividencia «médica» de los griegos antiguos respecto a la locura. Hipócrates realizó descripciones racionales pioneras de enfermedades como la fobia o la paranoia. Fue el primero en relacionar al cerebro con los impulsos mentales, los sentidos y los sueños. 

Después, cuando consideramos acabada la edad antigua, esa clarividencia de los griegos clásicos que relacionaba la locura con cuestiones mentales se pierde en la «oscuridad» de los primeros siglos de la Edad Media. La religión cristiana lo impregna todo y la mentalidad cultural se ve abocada al dilema moral en lugar de a una racionalidad, aunque fuese naturalista como lo era en la Grecia clásica. En esa época el enajenado es un endemoniado y un pecador. El loco ahora sí que es visto como culpable de su mal. De hecho, la palabra locura apenas aparece en la documentación de la época y se usa la idea de «posesión demoniaca» y de poseídos para referirse a esa cuestión. Es además algo que desagrada, que incomoda y que se oculta. Se documentan las primeras grandes segregaciones de «personas locas», llevadas a parajes desérticos o a bosques frondosos abandonadas a su suerte.  

La Nave de los Locos, pintura del Bosco hacia el año 1503. Museo Louvre de París


  Estudios de medievalistas teorizan con el mito cultural, artístico y literario, de «la nave de los locos» como un dato verdadero. Se ha podido documentar que en la Alta Edad Media europea se fletaron barcos con personas que sufrían locura -trastornos mentales- para que acabasen a la deriva perdidos en altamar. Esa crueldad estaría en la línea de las torturas y exorcismos que se cometían sobre esas personas tratadas no como enfermos, sino como «endemoniados». El imaginario no cambió mucho ya en pleno Renacimiento, en la Edad Moderna, acerca de estas personas aquejadas de locura. Matizar que existió una imagen de la locura asociada al ingenio y la originalidad, donde don Quijote de Cervantes sería el mejor representante. Pero el aislamiento siguió siendo la principal respuesta hacia estas «raras gentes». Es significativo como se llenaron conventos de clausura con mujeres aquejadas de singulares «humores melancólicos». Algo que se daría incluso en las castas sociales superiores. Madre e hija de Isabel la Católica acabaron confinadas en castillos durante toda su vida siendo uno de los motivos sus supuestas locuras.

Nos referimos a la reina madre Isabel de Portugal, que al fallecer su esposo Juan II entró en una profunda depresión -que tomaron por locura- y fue recluida en el castillo de Arévalo con sus hijos. Esta mujer y su supuesta locura se convertirían en el origen de la propaganda política contra la dinastía Trastámara que aseguraba existían antecedentes de locura en la familia. Sirvió para sembrar dudas en los derechos dinásticos de su hija, la futura Isabel la Católica, pero sobre todo para apartar del reinado a su nieta, la llamada significativamente Juana la Loca. Muy difícil establecer el cuadro clínico de esa mujer que pasó a la historia con ese singular apelativo. Teniendo únicamente las crónicas políticas interesadas de su tiempo, denigrantes en su mayoría, resulta complicado asegurar que su mote era justo. Es probable que todo fuera consecuencia de una profunda depresión por la pérdida de seres queridos en un breve periodo de tiempo; su madre en 1504 y su esposo en 1506, personas por las que sentía una excesiva dependencia emocional.  

Algunos humanistas como el valenciano Juan Luis Vives y su obra De anima et vita (1538), vuelven a llevar al terreno «natural» y de la observación racional a la locura. Aborrece del origen de ese «fenómeno» como algo supersticioso y sobrenatural que predominó en la época medieval, introduciendo primigenios conceptos de psicología. La época contemporánea con el siglo de la Ilustración (XVIII) y sus tratados, ahondará en ese afán observador naturalista que se pone sobre la locura. Así nos encontramos con los primeros tratados de psiquiatría que tratarían a estas personas con relativa mayor «humanidad». En el París de mediados del siglo XVIII, encontramos a Philippe Pinel, un director del asilo de La Salpetrière, que elimina las cadenas que se solían poner a los «enfermos de locura» recluidos en su institución. Pinel, está considerado el padre de la psiquiatría moderna por su obra Tratado de la locura, donde estableció el origen de las enfermedades mentales por la herencia y las influencias ambientales.

Doña Juana la Loca, cuadro pintado por Francisco Pradilla (1877). Museo del Prado

  Sin embargo, el siglo XIX supone una contradicción en el trato más «humanitario» a los enfermos mentales. Aunque sería el siglo donde se ponen las bases para las modernas psiquiatría y psicología, también se crearon instituciones para el tratamiento aislado de estas personas donde se las cuidaba pero también se las estigmatizaba socialmente de por vida. El número de manicomios como centros de reclusión de personas con trastornos mentales no paró de crecer durante toda la centuria. El triunfo del racionalismo simplificaba el debate a una cuestión de tener cordura o sufrir locura. Seguía costando ver a esas personas como víctimas de un problema de salud mental, a pesar de comenzar a incluirse la perspectiva «psicologista» y sus tratamientos psicoterapéuticos en el concepto de locura (enfermedad mental) con el «padrino» Freud como principal promotor.

El traumático siglo XX ha tenido más que ocasiones para revisar los conceptos de salud mental y sus trastornos, antes llamados «Locura». Con dos guerras mundiales en su haber, las enfermedades mentales provocadas por estas barbaries tampoco se trataron como una cuestión de salud pública. Ex combatientes traumatizados eran encerrados en manicomios donde se seguían practicando terapias extremas como las duchas frías o las descargas eléctricas en el cerebro. Una de las aportaciones científicas de este siglo estuvo en la importancia de ese órgano, el cerebro y su constitución biológica, para explicar el origen de las patologías mentales. Algo que tuvo su lado oscuro con tratamientos de dudosa efectividad como la lobotomía, practicada hasta 1945, o los electroshock. Prácticas que tuvieron una reacción contraria, la «anti psiquiatría», durante las revoluciones sociales de los años 60. La psiquiatría actual mantiene solamente la descarga eléctrica para casos de extrema gravedad cerebral. 

En las últimas décadas del siglo XX y en nuestro siglo XXI se ha comenzado a incluir en la salud pública la problemática de los trastornos mentales. Incluso se ha ampliado el espectro de lo que afecta a la salud mental de nuestras sociedades modernas. El estrés laboral, la soledad, la ansiedad, las depresiones postraumáticas... han acabado siendo fisiopatologías que han provocado el desarrollo de disciplinas como la psicología y el psicoanálisis, consideradas la «psiquiatría» del diálogo con el enfermo. Pero también generaron el auge de los psicofármacos y de la industria farmacéutica especializada, haciendo familiar en las sociedades desarrolladas el nombre de medicamentos antidepresivos como el Prozac

La actualidad que vivimos en plena pandemia mundial de Covid-19 ha sido descrita muchas veces como «realidad distópica», donde imperan los efectos negativos. Aunque no es necesaria la proyección ficticia de una sociedad traumatizada, pues los datos reales comienzan a mostrar que existe una pandemia paralela a la del coronavirus: la pandemia de trastornos mentales consecuencia de esta crisis sanitaria.



Gustavo Adolfo Ordoño ©
Historiador y periodista

Publicar un comentario

0 Comentarios