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| Fotografía de época, hacia 1915, del vapor Reina Victoria Eugenia, que llevó la mal llamada Gripe Española a Buenos Aires en 1918 |
Las gentes de mar cuentan las mejores historias, las más fantásticas e increíbles muchas veces pero también relatos emocionantes y llenos de humanidad. La literatura está plagada de personajes fabulosos surgidos de ese mundo; si menciono a Moby Dick de Herman Melville, novela escrita en 1851 sabréis a que me refiero. Pero de los océanos nos fueron llegando a lo largo de la historia no solo cuentos de piratas, de barcos fantasmas y de criaturas legendarias. Hubo historias muy lúgubres, de terror en otras épocas, cuando los barcos atracaban en un puerto con la tripulación «apestada» y muchas veces eran quemados antes de desembarcar, los aún vivos y los muertos, sin miramientos.
En Pax Augusta os proponemos una reseña breve sobre barcos que pasaron a la historia por una «mala fama»: ser portadores de virus y propagar epidemias. Como advertencia incidir que no es un texto informativo y no se debe confundir con la realidad del momento (caso del crucero MV Hondius); se trata de un artículo de divulgación histórica cuya idea surge de una noticia de actualidad, pero que no aporta datos informativos sobre la cuestión. Por ejemplo, hoy día son los aviones los medios de transporte con más incidencias en la propagación de enfermedades a nivel mundial y los barcos son las «curiosas excepciones».
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| Recreación por IA de unas galeras genovesas entrando a puerto |
Las galeras de la Peste Negra, Génova 1347
Desde luego, estas galeras genovesas del Año 1347 de Nuestro Señor no serían los primeros barcos en propagar una epidemia mortal. A lo largo de los siglos en los mundos conocidos, en este caso el Mediterráneo, la propagación «global» de enfermedades se había dado por culpa de los enfermos, asintomáticos o no, viajeros de barco. Lo que hace «famoso» a este caso es que, por primera vez, hubo una clara conciencia de que en esas galeras se llevaba a la Muerte. Los mercaderes genoveses que habían huido en ellas del asedio de Caffa, en la actual Crimea, estaban contagiados de peste negra por haber sido víctimas de la infame estrategia de sus asediadores mongoles de lanzar cadáveres infectados por encima de las murallas.
La huida desesperada de estos colonos, Caffa era una colonia mercantil genovesa en el Mar Negro, incluso embarcando algunos moribundos en las galeras, corrió rápido por toda Europa como una misiva portadora de muerte. Advertidos por mensajeros, ningún puerto avisado en ese trayecto de regreso a Génova iba a permitir su entrada. La ruta de vuelta a casa para estas personas fue una pesadilla. La docena de galeras donde viajaban no encontraba lugar para hacer escala hasta que llegaron a Messina, Sicilia, donde nada sabían de su situación. Fueron pocos días transcurridos hasta que los sicilianos, al ver a tanto marinero moribundo, los expulsaron; pero ya era demasiado tarde, las ratas habían saltado a tierra.
Todavía intentaron un último desembarco a la desesperada en su propia casa, la República de Génova. Pero avisados en la ciudad de su grave estado serían recibidos con flechas incendiarias con la intención de quemar las galeras antes de llegar al puerto genovés. Algunas de estas «apestadas galeras» logró fondear cerca de la costa y los tripulantes que llegaron a tierra se dispersaron por los bosques de alrededor. También en este caso las ratas y pulgas infectadas lograrían huir y alcanzar las calles de la villa. La plaga, entre la escala de Messina y la llegada a Génova, tuvo esos dos focos que generaron una de las peores pandemias de peste negra de la historia de Europa, se calcula que fallecieron cerca de 25 millones de personas.
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| Ilustración de época del USS Susquehana recreada por IA |
El siglo XIX, la era de las grandes migraciones europeas a América y de los «barcos leproserías»
Aquellas galeras genovesas medievales formarían parte de la leyenda de los barcos fantasmas. Una historia fantástica pero basada en hechos reales. Ocurriría muchas veces como en el caso genovés; los barcos infectados que no conseguían ser recibidos en un puerto acababan a la deriva, muriendo toda su tripulación y si no se hundían terminaban encallados en cualquier roca o playa, siendo pasto de los saqueadores que no hacían otra cosa que propagar más la enfermedad. Estos barcos fantasmas abundarían en la época de las exploraciones, largas navegaciones y de los legendarios corsarios. Siglos XVI y XVII sobre todo; donde se consolidaría la leyenda del buque fantasma tripulado por «muertos vivientes», no siendo en realidad más que barcos apestados dejados a su suerte.
Pero en el siglo XIX las revoluciones sociales nos harían «más civilizados». Ya no se abandonarían a tan trágico destino a las embarcaciones con pasajeros y tripulación enfermos de pandemia. La ciencia había avanzado en todos los terrenos, aunque en el transporte se podría decir lo había hecho en mayor proporción que en la medicina. Los barcos eran más veloces y algunos con motores de carbón, propagándose a mayor velocidad las posibles pandemias que ahora serían mundiales con los viajes alrededor del globo. Sin embargo, en la medicina todavía no se alcanzaron avances como el de identificar el origen en un virus de una pandemia.
Un caso que nos sirve de mejor ejemplo de esta época fue el del buque de guerra USS Susquehanna y su incidente de 1858 en la bahía de Nueva York. Este barco era un navío de la Armada de EEUU tipo transición, entre velero y vapor (fragata de ruedas), que sirviendo en San Juan de Nicaragua sufrió un severo brote de Fiebre Amarilla. La oficialidad del buque ordenó incrementar la limpieza, pero los enfermos no paraban de aumentar. No sabían, pues la ciencia médica todavía lo desconocía, que la fiebre amarilla era provocada por el mosquito Aedes aegypti. Al llegar a la bahía de Nueva York buscando auxilio con más de la mitad de la tripulación contagiada, para sorpresa de los militares fue obligado a detenerse y no entrar al puerto.
El USS Susquehanna fue retenido en la zona de cuarentena de Staten Island. Es decir, en la zona donde confluían de manera masiva miles de emigrantes que llegaban a Estados Unidos por Nueva York. Este caso fue uno de los detonantes de las conocidas como Revueltas de la Cuarentena de 1858, donde los ciudadanos de la gran ciudad temiendo que navíos militares del tipo Susquehanna en misiones en lugares como el Caribe y los barcos de emigrantes trajesen la muerte en forma de epidemias a sus calles, decidieron como radical protesta quemar el hospital de cuarentena, el Marine Hospital.
El vapor con nombre de reina española que exportó la epidemia de gripe a Buenos Aires en 1918
Protestas ante la llegada de barcos de emigrantes con posibles contagiados en alguna pandemia fue un hecho habitual en esos años finales del siglo XIX y principios del XX, caracterizados por la emigración masiva de europeos y asiáticos a todo el continente americano. No había nada de paranoico o de temor infundado. La problemática del cólera en los buques de inmigrantes en esos tiempos resultó todo un reto para la incipiente atención sanitaria universal. Las causas eran «inevitables», un hacinamiento en el entrepuente de cientos de personas en espacios con poca o nada ventilación y además el cólera también se propagaba por la contaminación en el agua dulce de las bodegas. Sedientos y hacinados, algunos no terminaban el viaje calculándose una mortalidad del 10% del pasaje en alta mar.
Conozcamos un caso que nos «toca» más por ocurrir en un barco español con nombre de una reina que quiso representar la modernidad del siglo XX en España. El vapor Reina Victoria Eugenia era una magnífica embarcación, de las más modernas en la Compañía Trasatlántica Española a la que pertenecía. Registraba 5554 toneladas y transportaba 745 toneladas de carga. Este vapor partió el 4 de septiembre de 1918 del puerto de Barcelona con 330 pasajeros. Contaba con un médico y boticario que atendían en un pequeño dispensario. En su viaje a la Argentina fue haciendo escalas recogiendo emigrantes en Málaga, Cádiz, luego en Canarias, Santa Cruz de Tenerife, incluso pasó antes por Montevideo. En definitiva, en alta mar y al atracar en Buenos Aires el 26 de septiembre, llegó a transportar a 1020 personas entre pasajeros y tripulación.
Fue al embarcar pasajeros en los puertos del sur de España, muy afectados por la epidemia de la mal llamada Gripe Española, que el vapor Reina Victoria Eugenia acabaría siendo un buque infectado que remataría la propagación de la gripe en Argentina, llegada ese mismo mes de septiembre en dos barcos anteriores en menor medida, el vapor francés Liger y el vapor inglés Demerara. Según el informe de la inspección sanitaria argentina al Reina Victoria Eugenia, se constató que durante el viaje habían fallecido cuatro pasajeros y otros dos estaban graves al desembarcar. En esa época comenzaban a existir unos pioneros protocolos de actuación y el Departamento Nacional de Higiene en Buenos Aires los aplicaría. De todas formas, consistió en las mayores medidas profilácticas posibles de desinfección del barco y en una atención individual y «humana» a cada enfermo.





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