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domingo, 6 de enero de 2019

Amadeo I, el rey que no quiso pasar un día más de Reyes Magos en España

El futuro Amadeo I con su joven esposa, Mª Victoria del Pozzo

“Dos años largos ha que ciño la Corona de España, y la España vive en constante lucha, viendo cada día más lejana la era de paz y de ventura que tan ardientemente anhelo. Si fuesen extranjeros los enemigos de su dicha, entonces, al frente de estos soldados tan valientes como sufridos, sería el primero en combatirlos; pero todos los que con la espada, con la pluma, con la palabra agravan y perpetúan los males de la Nación son españoles...”

Este párrafo del discurso de renuncia de Amadeo de Saboya a seguir ciñendo la Corona española es el más conocido. Pronunciado el 11 de febrero de 1873, resume el sentir de este voluntarioso monarca ante el fracaso de constituirse en el rey de todos los españoles. Ese mismo día, sin perder tiempo, las Cortes españolas decidieron proclamar la república. Amadeo I llevaba meses valorando su renuncia. En la misa de Epifanía del Señor, que era la celebración del actual Día de Reyes, ya había tomado su decisión. Fue coronado el día 2 de enero de 1871 y en esa semana de 1873 en la que decidió dejar de ser el rey de los españoles se cumplían dos años de un reinado tan efímero como convulso.  

Lo primero que se encontró el hijo del rey de Italia, Amadeo de Saboya, que en noviembre de 1870 había aceptado la inusitada misión de ser monarca español, sería el cadáver aún caliente de su mentor, el general Prim. Asesinado de un trabucazo, el líder progresista dejaba huérfano al rey foráneo. La primera impresión del Saboya sobre España no podía ser más negativa, llegaba a un país donde las disputas políticas se arreglaban con atentados. Él mismo, ya como rey, sería víctima de uno cuando viajaba con su mujer en carroza por la calle Arenal de Madrid, en julio de 1872. El intento de regicidio falló, por conocerse la tentativa gracias a un soplo al gobernador civil de Madrid. De todas maneras, resultaría la gota que colmó el vaso del desprecio y la soledad que sentía el monarca ante su pretensión de ser un buen “Rey democrático”.

Porque Amadeo de Saboya quiso desde el primer instante ser un rey demócrata. Tras bastantes dudas, convencido por el carisma de Prim y por no contrariar a su padre, Víctor Manuel, rey de Italia, aceptó el Trono español con la única condición de ser elegido por las Cortes. Mandó desde Roma su misiva de aceptación, que nada más ser conocida el 16 de noviembre de 1870 las Cortes procedieron a la elección de rey. El Saboya obtuvo 191 votos a favor, mayoría absoluta. En esa decisiva sesión del Parlamento, existieron otras opciones para dar sentido democrático a la iniciativa. Hay que señalar los 91 votos restantes que se repartieron entre los 60 a la República federal, los 27 al duque de Montpensier, 2 a una república unitaria y otros 2 a don Alfonso de Borbón; se registraron, además, 19 abstenciones. 

Litografía que representa a un compungido Amadeo de Saboya ante el cadáver de Prim

Desde la Epifanía (enero de 1871) de su coronación hasta el Día de Reyes de 1873 que planificó su renuncia, pasaron dos años tan turbulentos en la política española que el primer proyecto de monarquía parlamentaria en España resultó imposible. La  inmediata primera República heredaría las divisiones políticas entre progresistas, liberales y republicanos federales; las guerras carlistas y de Cuba, las revueltas sociales y primeras obreras, haciendo también imposible al proyecto republicano. La paradoja volvía ser encontrar la solución en el “retroceso político”: restaurar a los Borbones.

El reinado de Amadeo I se ha considerado efímero y dentro de un proceso más definido, como fue el llamado ‘Sexenio democrático’ (1868-1874): Revolución- la Gloriosa- (1868-1869), proyecto monarquía parlamentaria (regencia de Serrano y reinado de Amadeo) y Primera República (1873-1874). Esta idea ha menospreciado a la figura y a las actuaciones del joven rey, primer monarca elegido por un parlamento español soberano. Las expectativas puestas en él fueron muy grandes, quizás demasiado mal calculadas. Hasta Benito Pérez Galdós se ocupó de esta figura en sus Episodios Nacionales, donde hace un “retrato” amable del rey electo y se le describe como la esperanza regeneradora del país.

Sin embargo, acompañando a su piadosa mujer, Mª Victoria del Pozzo, a la misa de Epifanía en ese enero de 1873, tan gélido en la capital como la actitud de la nobleza y la alta burguesía de Madrid ante los jóvenes monarcas, el que fuese coronado como Amadeo I de España comenzó a idear su discurso de abdicación, que pronunciaría un mes después para regresar a Roma y no volver nunca a España.
  


Gustavo Adolfo Ordoño ©


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