El secreto de Frank Woodhull

 

Fotografía que toman a Frank Woodhull cuando llegó a la Isla Ellis y solicitó la entrada
en Estados Unidos (1908). Fuente de la imagen


 Cuando Frank Woodhull desembarcó en la Isla de Ellis, revisó que su sombrero de ala ancha siguiera bien calado ensombreciendo su rostro y que sus gafas de leer disimularan unos ojos claros delatadores de su miedo. Confiaba en tener suerte y que no fuese uno de los inmigrantes escogidos al azar para hacer un reconocimiento médico exhaustivo. Sabía que el control de emigración que hacían a la sombra de la gran Estatua de la Libertad solía ser rápido y rutinario, con una revisión sanitaria poco exhaustiva. Pero también estaba advertido de la selección aleatoria para un examen más detallado. Algunos recién llegados a los Estados Unidos, con la intención de iniciar una nueva vida en el país de las oportunidades, eran llevados directamente al hospital que tenía ese centro de inmigración para un reconocimiento médico exhaustivo. Frank cruzaba los dedos para no ser uno de ellos.

No tuvo suerte. Uno de los guardias se fijó en su palidez y apariencia frágil, sospechando que pudiera ser un enfermo de tuberculosis, una enfermedad vetada para entrar en los EEUU y motivo de deportación inmediata. Lo marcó con una tiza, apuntando sobre su chaqueta las letras "EX" (de Examination), dirigiéndole hacia las salas de reconocimiento del hospital. Al llegar a una de ellas, donde lo esperaban un oficial y un inspector médico, Frank se encorvó atenazado por el miedo acrecentando su aspecto de fragilidad. 

_ Quítese la chaqueta, por favor. –dijo el médico de manera rutinaria. 

Pasó más tiempo del habitual en estos casos, sin que Frank atendiese esa orden, y el oficial de emigración repitió las palabras del sanitario con un tono más imperativo. 

_ ¿No ha oído al médico, quítese la chaqueta? 

Frank seguía sin mover un dedo, agachando cada vez más la cabeza. El oficial de aduanas creyó ver en sus mejillas el brote de un incendio rosado. 

_ ¿No nos oye, es usted sordomudo? –argumentó con gestos y señas el médico. 

Todavía pasaron unos largos y tensos segundos hasta que los inspectores escucharon la voz aguda de Frank. 

_ No, no es eso. Debo confesar que soy una mujer y no quiero desnudarme ante ustedes.


Recreación por IA de una supuesta inspección médica exhaustiva en la Isla de Ellis (Nueva York) en 1908

«Soy una mujer y he viajado con vestimenta masculina durante quince años»

 La frase de la cita anterior es la que quedó registrada en los archivos del centro de inmigración de la Isla de Ellis, aunque mi aportación «novelada» recoge también los motivos más «íntimos» del secreto de Frank, que explicaban su rotunda negativa a desvestirse ante esos inspectores de inmigración. Y es que a pesar de confesar ante las autoridades y la prensa que la única causa para esconderse tras la identidad de un hombre fuera por interés laboral, pues conseguía así mejores trabajos, esta persona que nació como Mary Johnson resultaría ser una pionera en la reivindicación por el libre cambio de género. Investigaciones más recientes han descubierto que la dejaron entrar como Mary, pero que se asentó como Frank Woodhull en Illinois (EEUU), casándose con una mujer y adoptando una hija. 

El caso de Mary-Frank fue tan curioso como mediático en el Nueva York de inicios del siglo XX. Curioso pues, a pesar de las estrictas normas de género, en el juicio iniciado por una comisión especial de emigración para dirimir la cuestión, se estableció que Mary (Frank) no se había travestido por «depravación moral o enfermedad mental» y que no habría intentado engañar al gobierno con fines criminales, sino simplemente para trabajar de manera más digna y cualificada «como hombre». Él-Ella, en los periódicos de la época, dejaría titulares tan activistas como: Los hombres pueden trabajar en muchos oficios... pero las mujeres en unos pocos y nada bien pagados; Prefiero vivir como hombre una vida de independencia y libertad...

Así, el Comisario Jefe de Emigración, Robert Watchorn, emitió un veredicto que sorprende por progresista en la temprana fecha de 1908: declaró que Frank Woodhull, más allá de su estratagema de cambio de género, resultaba ser un «inmigrante deseable» que aportaba mucho al país por su carácter trabajador y emprendedor. No obstante, para permitir la entrada a EEUU tuvo que ser con su nombre «corregido», de Mary Johnson, en el registro oficial. Además, aunque se le sugirió que sería mejor volviera a vestir ropas de mujer, no hubo mucho impedimento a que siguiera vistiendo sus ropas de hombre

 Tras ese revuelo inicial que, sobre todo, en la prensa neoyorquina tuvo tanto eco, la curiosa historia de Frank Woodhull quedó en el olvido. Se diluyó su persona en la cotidianidad de los millones de inmigrantes que llegaron a Estados Unidos en ese periodo de entre siglos (XIX-XX). Sin embargo, nuevos datos descubiertos en archivos locales parecen apuntar a que Frank-Mary tuvo una personalidad extraordinaria, de mentalidad muy pionera, libre e independiente. Su «secreto» fue mayor que esa mera anécdota de vestirse de hombre para conseguir mejores trabajos. 

Frank Woodhull- Mary Johnson, era de origen canadiense y, curiosamente, ya había sido emigrante en Estados Unidos. Tras el fallecimiento de su padre, sostén de la familia, durante más de quince años trabajó «disfrazado de hombre» en diversas labores. Cruzaba la frontera del norte para llegar a la bulliciosa California, donde los controles migratorios apenas existían en la década de 1890. Llegaría a ahorrar el suficiente dinero para permitirse un viaje al Reino Unido de casi seis meses, buscando el origen de su familia y quizás asentarse como Frank Woodhull en Europa. Sin embargo, el proyecto no salió bien y decidió regresar a América en el barco SS New York, partiendo de Southampton, Inglaterra, atracando en el puerto de Nueva York el 4 de octubre de 1908

Ese día su vida volvía a empezar de cero, aunque casi supuso el fin de su identidad de hombre. Como hemos contado no sería así y Frank-Mary formó como hombre una familia en Illinois, trabajando como ministro de una iglesia y hasta fue encargado del censo desde 1930. Irónicamente, fue la autoridad responsable de registrar en el censo, entre otras cosas, el género de las personas. Habiendo vivido, en su caso, la mayor parte de su existencia bajo la identidad que él mismo eligió para alcanzar la libertad e independencia que la sociedad de su tiempo le negaba como mujer. Murió en 1936, inscribiendo en su lápida el nombre masculino de Frank Woodhull.

  

© Gustavo Adolfo Ordoño  

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