Transporte público, un servicio con una historia más vieja de lo que crees


Fotograma de Llegada del tren a la estación de La Ciotat una de las primeras películas de la historia de los hermanos Lumière. Fuente de la imagen convertida en Gif con IA


 Millones de personas nos trasladamos de un lugar a otro dentro de un territorio gracias al servicio público de transportes. Lo hacemos a diario por motivos de trabajo, estudios y ocio. Miles de desplazamientos al día que sumando toda la actividad del planeta serán miles de millones. La mayoría, recordemos, formarían parte de un sistema organizado de transporte de índole público. Trenes, autobuses, vehículos terrestres y sin olvidarnos de los aviones y barcos que sean para uso civil. En Pax Augusta os proponemos un breve recorrido por la historia universal del Transporte Público.

Antes que nada debemos apuntar una serie de matices que nos servirán para entender mejor esta breve historia del transporte público. Existen antecedentes documentados en la Antigüedad de la necesidad de transportar personas mediante servicios organizados y regulares. Aunque hablaremos de ellos, debemos aclarar que el transporte público como servicio de interés general ha sido una actividad regulada, organizada y garantizada por las administraciones atendiendo a la necesidad de movilidad de la población a partir del siglo XIX y sus revoluciones burguesas.

Por tanto, mencionar al Cursus Publicus del emperador Augusto que hacia el 25 a. C. se puede documentar como un evidente sistema oficial de transporte y comunicaciones debe tener su aclaración. No era un servicio universal de transporte soportado por las finanzas públicas, pero su finalidad de garantizar la comunicación entre Roma, las autoridades provinciales y los distintos territorios del Imperio fue aprovechado por las personas viajeras. Es decir, infraestructuras construidas y organizadas por el poder imperial como las calzadas y las estaciones (postas) eran recursos a la mano de los viajeros por todo el territorio dominado por Roma. 


Bajorrelieve de época augusta donde se ve a un carro con pasajeros viajando


Durante el Bajo Imperio y la Alta Edad Media, los expertos en la materia todavía nos advierten que la red de postas y de mensajeros (funcionarios) oficiales aunque supone un antecedente de la organización estatal del transporte, no podríamos considerarla el primer transporte público de pasajeros. Debemos llegar a siglos de la Edad Moderna, a partir del siglo XVI que en algunos servicios postales de reinos europeos, como en la monarquía francesa, se permitió también el transporte de pasajeros mediante pago. Se hacía hueco en las mercancías y paquetes postales reales a pasajeros que pagasen un billete de viaje. 


El alquiler del coche de caballos como antecedente del transporte público urbano


 Vemos en Londres, a comienzos del siglo XVII, un medio de garantizarse la movilidad las clases altas y medias urbanas con los carruajes de alquiler. Ha quedado documentado sobre el año 1630 la aparición de paradas organizadas de coches de caballos alquilados en la capital inglesa. Se trataba de transportes particulares que se alquilaban a terceros y el ayuntamiento londinense intervenía fijando tasas para poder usar esos espacios urbanos, las paradas y cocheras repartidas por la que ya era una gran urbe.

Algo parecido fue lo también documentado en 1662 y que conocemos en París como los carrosses à cinq sols. En este caso la implicación «estatal» estuvo más presente al tratarse de una concesión real a una empresa privada para que se ocupase del transporte público de la gran ciudad, capital de Francia. El documento que lo registra es del 19 de enero de 1662, cuando Luis XIV concedió mediante letras patentes la autorización para establecer este  servicio de carruajes. Tenía un coste de cinco sueldos por trayecto y viajero, existiendo rutas fijas y establecidas con salidas y llegadas. Aunque hay que matizar que no era «universal», se prohibía el uso a la soldadesca y los criados.

Sería el siglo XVIII un periodo de auge y consolidación de este tipo de servicio público de transporte en las ciudades iniciado en la centuria anterior. También se amplió el alquiler de carromatos y coches de caballo para la movilidad interregional, traslados a las fincas y mansiones en las campiñas de la aristocracia y alta burguesía. Pero será el siglo XIX con las revoluciones burguesas y la transformación económica industrial el punto de inflexión de esta historia del transporte público.


Uno de los primeros tranvías eléctricos de la historia inaugurado en Berlín en 1881. Fuente imagen


 La Revolución Industrial, el crecimiento de las ciudades y la concentración de población generaron una necesidad nueva: transportar diariamente a un número elevado de personas entre sus domicilios y lugares de trabajo. Los centros urbanos y sus alrededores, lo que ahora llamamos extrarradios urbanos, necesitaban una conexión cotidiana. Es conocido el dato del pionero empresario de omnibuses colectivos, el comerciante John Greenwood que en 1824 puso en marcha en Manchester un servicio de transporte colectivo mediante vehículos de tracción animal.

Sería en Francia donde se popularizó el término ómnibus con esa idea de ser un transporte colectivo y para todo el que lo necesite. Procede de la expresión latina homónima omnibus, que significa «para todos». El empresario visionario de Nantes, Stanislas Baudry, consigue consolidar en París desde 1830 a su compañía de grandes carruajes a caballo con capacidad para diez personas. Cada vez más ciertos servicios o centros comerciales de las grandes urbes se construían en las afueras. Hasta las Casas de Baños públicas, como fue el caso de Baudry en Nantes cuando creó su primera ruta de omnibuses para llevar a los muchos usuarios de los baños de esa ciudad francesa. 


El ferrocarril y el tranvía: el transporte público se hace una realidad gracias a las vías de «ferro»


 Si hay que escoger un medio de transporte «revolucionario» que cumpla con el requisito de atender al interés general ese será el ferrocarril. La verdadera revolución tecnológica llegó a comienzos del siglo XIX, cuando la máquina de vapor comenzó a aplicarse al transporte ferroviario. En 1804, el ingeniero británico Richard Trevithick consiguió que una locomotora de vapor arrastrara varios vagones por una vía de raíles en Penydarren, Gales. Aunque aquella experiencia tenía una finalidad industrial y no estaba destinada al transporte de viajeros, demostró que la fuerza del vapor podría sustituir a la tracción animal en los ferrocarriles.

Tirados por caballos circulaban vagones por raíles sobre todo en la minería y otras actividades industriales, como el traslado de materias primas entre fábricas. Hubo experiencias similares de vagones movidos por fuerza animal en Reino Unido transportando personas, pero eran pasajeros circunstanciales que acompañaban a esas mercancías a su destino en las factorías. El antecedente más claro del uso ferroviario como transporte público fue en 1830 con la creación de la línea ferroviaria que unía Liverpool y Manchester, en Inglaterra. Fue una infraestructura pensada ya para viajeros, no una adaptación de las vías usadas en el transporte de mineros y mercancías. Con dos vías, sistemas de señalización y un horario organizado para garantizar un servicio regular.

Con el ferrocarril llegaría la oportunidad a miles de personas de ampliar su capacidad de viajar. Los desplazamientos que antes requerían largas jornadas podían realizarse en unas pocas horas. La movilidad dejó de limitarse a la proximidad geográfica y comenzó a organizarse alrededor de una red ferroviaria cada vez más extensa. Mientras el ferrocarril transformaba las comunicaciones entre ciudades, otro medio de transporte de la misma familia comenzaba a cambiar la movilidad en el interior de los núcleos urbanos: el tranvía.

 Los tranvías son un viejo recuerdo en muchas ciudades del progreso en el transporte público urbano. De hecho, todavía existen en bastantes poblaciones por cuestiones prácticas de sus trazados urbanos y no solamente por motivos turísticos. Con el tranvía se conseguía ofrecer un sistema de transporte colectivo capaz de trasladar a más pasajeros que los ómnibus tradicionales. Además, al ir por raíles suponía un menor esfuerzo de tracción para los caballos y una circulación más controlada por las calles.

Uno de los primeros «experimentos» apareció en Nueva York. En 1832 comenzó a funcionar una línea de tranvía de caballos promovida por un hábil empresario constructor de carruajes llamado John Stephenson. Los vehículos circulaban sobre raíles instalados en la calzada, conectando con distintos puntos de Manhattan. Tuvo que tratar con las autoridades de la ciudad y al conseguir licencias públicas se puede considerar uno de los primeros transportes públicos urbanos de la historia. 

En el caso de los tranvías no resultaba práctico el uso de máquinas de vapor para su funcionamiento. Sin embargo, utilizar caballos suponía una carga por su costoso mantenimiento y la necesidad de grandes cuadras en medio de las ciudades. La electricidad iba a convertirse en motor de un vehículo por primera vez con la experiencia de los tranvías urbanos. En 1879, Werner von Siemens presentó en la Exposición Industrial de Berlín un pequeño ferrocarril con un sistema eléctrico experimental. Era una demostración tecnológica que mostraba las posibilidades de aplicar la electricidad al transporte ferroviario.

Todas las pruebas de ese modelo de tracción eléctrica fueron un éxito y dos años después, el 16 de mayo de 1881, comenzó a funcionar en Lichterfelde, cerca de Berlín, una línea eléctrica construida por la empresa Siemens & Halske. Este dato se suele documentar como el primer servicio de tranvía eléctrico para transporte público urbano de la historia. La electrificación de los transportes urbanos supuso otra revolución en el desarrollo de la movilidad de las personas. Se lograba poder mover vagones más grandes con mayor capacidad de pasajeros y recorridos más largos, con regularidad y frecuencias horarias. 


El metro, el tranvía subterráneo

 
 Desarrollos urbanos al nivel de megaurbes plantean un serio problema en la ordenación del tráfico y del control de los vehículos utilizados para el transporte público. Crecimiento demográfico y emigración a las ciudades congestionaban las calles. El caos circulatorio, incluso cuando todavía no reinaba el vehículo particular como medio de transporte, obligó a buscar soluciones en la creciente necesidad de movilidad de los ciudadanos. La aparente alocada idea de «enterrar» los vehículos iba a cuajar entre los ingenieros de esta primera era industrial.

Londres sería una de las primeras ciudades que buscó una solución mediante la construcción de una línea ferroviaria subterránea. Fue el 10 de enero de 1863 cuando se inauguró el Metropolitan Railway, que conectaba una primigenia línea del que sería decano mundial metro londinense entre Paddington y Farringdon Street. El primer ferrocarril metropolitano subterráneo del mundo nacía en la capital del país que avanzó la primera revolución industrial. 

Curiosamente, los primeros trenes en estas primerizas experiencias suburbanas utilizarían locomotoras de vapor, necesitando los túneles necesitaban sistemas de ventilación para evacuar el humo y los gases de combustión. Pero la llegada de la electrificación pocos años después en los tranvías exteriores, significó trasladar ese sistema más limpio y eficaz a las líneas subterráneas. El desarrollo de las megalópolis obligaría a ingeniar redes de transporte público que soportaran esos altos niveles de movilidad de los ciudadanos y visitantes. 


Así, en la actualidad, un eficaz sistema combinado de ferrocarril de largo recorrido, trenes de cercanías, metro,  autobuses urbanos y otros vehículos de transporte colectivo, será el reto de cualquier país desarrollado que se precie para cumplir con un servicio de interés general, que debe ser organizado, gestionado, administrado y garantizado por sus poderes públicos


Sobre el autor

Gustavo Adolfo Ordoño Marín es historiador y periodista licenciado por la Universidad Complutense de Madrid y la UNED. Máster en Historia Contemporánea de España. Autor de ensayos históricos en editoriales como Almuzara y colaborador en medios de comunicación. Conoce más sobre su trayectoria académica, línea editorial y publicaciones en la sección Acerca de Pax Augusta .

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