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| Ruinas del matadero de la ciudad argentina de Villa Epecuén (Provincia de Buenos Aires), abandonada tras una inundaciones y luego prolongadas sequías en 1985. Fuente y créditos de la imagen: por Rafote27 - Trabajo propio, CC BY-SA 3.0 |
La imagen que mejor nos puede ayudar a recrear en nuestra mente esa idea de la dualidad entre civilización y barbarie, en mi opinión, sería la de una ciudad fantasma. Un pueblo abandonado por el motivo que fuese, deshabitado de manera brusca y repentina, dejando sólo el esqueleto de lo que había sido un cuerpo con carne y sangre, los habitantes y sus vidas, para representar mejor que nada esa sensación de pugna entre lo «civilizado» y lo «bárbaro». En Pax Augusta. la única web sobre Civilización y Barbarie, esta semana os proponemos un artículo acerca de los pueblos abandonados más famosos de la historia contemporánea.
Pueblos abandonados como testigos fantasmales de guerras y conflictos geopolíticos
En la historia de España el «pueblo fantasma» más famoso y conocido es Belchite Viejo (Zaragoza). Abandonado en varias fases desde 1937 en plena Guerra Civil española, se convirtió en una villa deshabitada para siempre cuando el llamado Pueblo Viejo quedó completamente desierto en 1964. Fue al marcharse los últimos habitantes que quedaban en la zona alta y que recibían casa en una población nueva construida de cero en las proximidades, el actual Belchite Nuevo. Casi treinta años de abandonos y regresos forzados, malviviendo entre escombros, en las pocas paredes que se mantenían en pie, los moradores que no tenían otro lugar donde ir hasta que les dieran su nuevo hogar.
Franco decidió en 1939 dejar las ruinas del pueblo como «ejemplo» de la barbarie roja; de las fuerzas republicanas que lo asediaron con bombardeos de artillería y aviación durante la Ofensiva de Zaragoza. El objetivo del Ejército Popular era no permitir una población tan importante controlada por los nacionales en su retaguardia, pues pretendían avanzar hasta la capital aragonesa, Zaragoza, y recuperarla para la República. Aunque el objetivo de tomar Belchite se consiguió, en una de las primeras y más duras batallas urbanas modernas de la historia contemporánea resuelta entre el 24 de agosto y el 7 de septiembre de 1937, el fracaso en la recuperación de Zaragoza hizo perder a los republicanos pronto esa posición y que fueran pocos los belchitanos dispuestos a regresar, al constatar que esa zona iba a ser el principal frente de lo que quedaba de guerra.
Acabado el conflicto bélico, el dictador decretó la prohibición explícita del desescombro y la reconstrucción de la villa original. Su propósito era intimidatorio y propagandístico, en la línea estratégica que «justificaba» la existencia del régimen como salvador de la patria frente al enemigo rojo que la destruía. Una manera interesada de inculcar miedo a la crueldad de los enemigos de España y de mantener vivo el recuerdo de la victoria, justificando la guerra. Hoy día, las ruinas siguen siendo un «museo de los horrores» de la guerra pero con un sentido muy diferente. Desde la memoria (histórica) democrática se interpreta su existencia y las visitas al lugar como recuerdo de las nefastas consecuencias de cualquier guerra civil.
Otra población europea famosa por su carácter fantasmal también tiene que ver con los horrores bélicos. Se trata de Oradour-sur-Glane en Nueva Aquitania (Francia), abandonada en 1944 tras una masacre civil perpetrada por los nazis en la Segunda Guerra Mundial. El 10 de junio de ese año, pocos días después del Desembarco de Normandía, una compañía de las Waffen-SS rodeó este tranquilo pueblo francés tomando posiciones de ataque. Sin ningún motivo estratégico y sin ninguna causa para tomar represalias, los soldados ametrallaron a la mayoría de los hombres y encerraron al resto con las mujeres y los niños dentro de la iglesia para prenderle fuego.
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| Belchite, un símbolo de la Guerra Civil española es el pueblo abandonado más famoso de la Historia de España |
Murieron un total de 643 civiles. De Gaulle, nombrado
presidente de la República francesa, decidió que el pueblo se conservara intacto, como detenido en el tiempo, siendo así símbolo de un pueblo mártir y un memorial nacional permanente del horror
nazi sufrido en Europa. Resulta estremecedora todavía su visita. Los visitantes en la actualidad pueden
caminar entre coches calcinados de la época, máquinas de coser fundidas y derretidas
como cirios, muchas fachadas
semiderruidas que mantienen los nombres de los antiguos comercios, paredes llenas de impactos de balas... todo un escenario bélico muy real, nada cinematográfico.
Un conflicto más reciente, del que hemos hablado en Pax Augusta, dejó toda una ciudad turística abandonada en cuestión de horas en Chipre. Hablamos de Varosha (Famagusta), que en 1974 tras la invasión militar turca se quedó como «frontera» de la disputa territorial mantenida -y que mantienen- los greco-chipriotas con los turco-chipriotas. A principios de la década de 1970, Varosha era el destino turístico de playa más lujoso y cosmopolita en esa zona del Mediterráneo oriental. Un colofón excelente al turismo elitista de yates alrededor de las islas griegas y era frecuentado por celebridades de la talla del matrimonio de Elizabeth Taylor y Richard Burton, o por la joven y bella actriz Brigitte Bardot.
Durante la invasión del ejército turco en agosto de 1974, sus más de 25.000 habitantes, la mayoría greco-chipriotas, huyeron con lo puesto ante el avance de los tanques. Al final, antes incluso de las negociaciones diplomáticas de la ONU, esa zona fue cercada con alambre de espino como delimitación militar de exclusión. Haciendo imposible regresar y volver a habitar la ciudad. Pronto, ante el abandono de sus habitantes, los trabajadores del sector hotelero y de los turistas, la ciudad comenzó a tener un aspecto fantasmal más pronunciado si cabe por haber sido un lugar lleno de diversión.
A pesar de que en los últimos años las autoridades del Norte de Chipre y de Turquía reabrieron de manera parcial algunas avenidas y tramos de playa al turismo, la sensación de absoluta «pérdida y abandono» de aquella felicidad vital se mantiene. Los hoteles más lujosos e imponentes de la primera línea de playa y sus exclusivos vecindarios residenciales siguen desiertos y saqueados, acentuando su imagen y sensación de inmensa ruina. Con seguridad, Varosha pasará a ser la mejor imagen de una ciudad donde la «civilización» no puede habitar por culpa de «disputas bárbaras» eternas.
Ciudades abandonadas a su suerte por catástrofes climáticas y desastres humanos
Muchas películas ambientadas en el pánico a una guerra nuclear durante la Guerra Fría nos recrearon ciudades devastadas por armas atómicas. Escenarios apocalípticos que tuvieron una replica real en el accidente nuclear de la central de Chernóbil. Fundada en 1970, Prípiat (Óblast de Kiev, Ucrania) era una ciudad modelo soviética pensada con funcionalidad y eficiencia. Diseñada con amplias avenidas y edificios modernos para albergar a los ingenieros y científicos que iban a trabajar a la planta nuclear. Un ideal del sistema social y del modo de vida soviético, con una población de proyección de futuro pues tenía una media de edad de 26 años.
Pero como un sueño agradable del que despiertas antes de tiempo, todo acabó de golpe. El 27 de abril de 1986, unas 36 horas después de la fatídica explosión del reactor 4 de la central de Chernóbil, los cerca de 50.000 habitantes fueron evacuados de urgencia en más de 1.200 autobuses, bajo la promesa oficial de que regresarían en tres días. No fue así, jamás se les permitió volver a Prípiat y sigue siendo el epicentro de la denominada Zona de Exclusión de Chernóbil. En la actualidad los niveles de radiación ambiental han descendido lo suficiente para permitir visitas turísticas breves y controladas por «caminos seguros». Sin embargo, nadie piensa que la ciudad pueda ser habitable de nuevo y sus imágenes quedarán como los mejores iconos del declive industrial urbano.
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| Imagen de lo que era una de las calles de Kolmanskop, ciudad colonial minera alemana en Namibia. Fuente y créditos de la imagen: por Harald Süpfle - photo taken by Harald Süpfle, CC BY 2.5 |
Como seres humanos tenemos
necesidad de habitar lugares, muchas veces para explotar ciertos recursos que
nos enriquecen o que activan las economías de países enteros. Fue el caso de
las Fiebres del Oro y del Diamante que se dieron sobre todo en el
pasado siglo XX. En particular existió una ciudad minera para extraer diamantes
fundada por colonos alemanes en África, en la actual Namibia, en las primeras décadas
de la pasada centuria que es todo un paradigma de estas «ciudades fantasmas». Se
trata de Kolmanskop, en el desierto del Namib, fruto de una de esas fiebres
mineras en 1908, cuando un trabajador ferroviario local descubrió un diamante
en la arena.
Buscadores de riquezas y compañías
comerciales alemanas no repararon en medios, levantaron en pocos años una gran ciudad
en mitad de la nada absoluta. Kolmanskop llegó a tener hospital, de los
mejor equipados con el primer aparato de rayos X de todo el hemisferio sur. Una gran escuela para los hijos de los colonos que venían con toda la familia. Centros
de ocio como un casino y un teatro, una fábrica de hielo y una línea de tranvía
regular. Sin embargo, tras la Primera Guerra Mundial donde Alemania
perdió sus colonias en África, comenzó el paulatino abandono de la ciudad. Coincidiendo,
además, con una saturación del mercado del diamante al descubrirse yacimientos
masivos en otros lugares africanos menos explotados, que provocó el abandono
total de la «engreída» ciudad de Kolmanskop en 1949.
Actualmente el implacable desierto de Namibia ha invadido las mansiones señoriales de arquitectura colonial berlinesa. Toneladas de dunas han ido reventando puertas y ventanas, rellenando todas las casas de arena fina. Por eso hoy, esa mezcla de desolación y fantasía, hace que sea uno de los destinos más buscados por los fotógrafos de viajes y los profesionales del cine en busca de exteriores singulares.
Por último, en una mezcla de «desastre» por explotación humana y por catástrofe climática, tenemos a la ciudad argentina de Villa Epecuén (Provincia de Buenos Aires) como mejor icono de pueblo abandonado. El motivo de ser abandonada a su suerte fue una inundación prolongada por desbordamiento lacustre ocurrida a finales de 1985. Ciudad fundada a inicios del siglo XX, era muestra del desarrollo argentino en la década de 1920. Próspera y concurrida localidad balnearia bonaerense que atraía a miles de turistas gracias a las propiedades altamente terapéuticas de la Laguna de Epecuén.
El recurso a explotar era esta vez turístico; la laguna que daba nombre a la villa tiene un nivel de salinidad que es el segundo más alto del planeta, solo por detrás del Mar Muerto. Sus propiedades terapéuticas hacían de sus balnearios los más visitados en el boom turístico desde mediados del siglo pasado. Pero el 10 de noviembre de 1985, tras varios inviernos inusualmente lluviosos, un viento fuerte del sudeste acompañado de lluvias torrenciales, rompieron el terraplén de piedra que protegía al pueblo. El agua salada fue «devorando» al pueblo de manera progresiva, siendo colmatado por completo bajo más de diez metros de agua.
Curiosamente, a partir de 2009, un prolongado ciclo de sequías hizo que las aguas comenzaran a evaporarse y retirarse. El panorama que se expuso una vez desaparecida el agua fue una imagen de extraña y apocalíptica belleza. Las sobrecogedoras ruinas del pueblo, incluidos árboles y setos muertos de los jardines, aparecieron cubiertas por una gruesa e irreal capa de sal blanca... escenario de otros mundos.
Como siempre advertir que por espacio no están todas las «ciudades fantasmas» que podemos encontrar por el mundo, sabemos que nos han faltado muchas, pero también esperamos sean suficientes para captar vuestro interés y lectura




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